Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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“RunRun nunca entenderá el sentido del acuerdo final de Glasgow. Pero nosotros sí tenemos el deber de ser menos salvajes”.

Repentinamente, como un relámpago ecológico en medio de una noche tranquila, en los últimos días irrumpió en nuestro ecosistema limeño, en nuestro cotarro mediático y en nuestras vidas, un cánido de la especie Lycalopex culpaeus, cuyo nombre común es ‘zorro andino’. El ya casi legendario Run Run causó un revuelo poco común e incluso ya está en Wikipedia.

¿Nos hemos preguntado, más a fondo, por qué tanta sorpresa, conmoción y delirio por un animal silvestre que, en rigor, no es tan desconocido? Hay algo más allá de los memes, la cháchara y las bromas de corte cánido-humano que han abundado alrededor de este episodio. Mucho más. Esta inusual presencia agita algo en nuestro cuerpo, sacude nuestra memoria animal no tan larvada.

Nos confronta con esa parte de nosotros que no es tan ‘civilizada’, que es menos Homo sapiens y más animal a secas, y acaso por eso nos causa un nerviosismo que termina brotando en forma de mordidas de humor. Run Run no es como un fiel y dependiente perro, o como un sagaz pero tierno gato; es un animal que, per se y no por abandono, se busca la vida en campos y serranías.

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Es un ser vivo menos controlable, que además forma parte del escaso porcentaje de mamíferos silvestres que quedan en el planeta. Según el documental Romper los límites: la ciencia de nuestro planeta —protagonizado por David Attenborough, el magistral pionero británico de los documentales sobre naturaleza, y por el científico sueco Johan Rockstrom— son apenas 4%.

Es decir, vivimos rodeados de gallinas, vacas, cabras, cerdos y otros animales —a los que con frecuencia torturamos— y, cuando por casualidad se mete una especie distinta a nuestros dominios, entramos en trompo. En Lima misma hay ardillas y aves silvestres, pero están acostumbradas a los humanos. Un zorro ‘perrunizado’ a la fuerza, en cambio, sí es inusual.

E injusto y cruel, porque si seguimos su rastro llegamos a algo bastante desolador: el tráfico de animales silvestres, uno de los más infames del planeta, que al año puede llegar a mover más de 20 mil millones de dólares. Y que puede ir, desde la venta de un zorro como perro, hasta guacamayos embutidos en tubos para poder cruzar sigilosamente la aduana de un aeropuerto.

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De acuerdo a la WWF (World Wide Fund for Nature), cada año los cazadores furtivos matan aproximadamente 30 mil elefantes, 10 mil pangolines y unos mil rinocerontes. A Run Run nadie lo mató, felizmente, pero al ser maltratado forma parte de esta cadena escandalosa que aplasta a otros seres vivos con fines comerciales de la peor especie, y que tiene sus cables en el Perú.

Pero más aún: dejar todo el ‘caso Run Run’ en memes puede invitarnos a olvidar que el SARS-CoV-2, el virus de la actual pandemia, nos habría llegado del pangolín, una de las especies más traficadas. Fue un caso más de zoonosis, ese proceso por el cual un virus pasa de un animal a un humano, con peligrosísimas consecuencias, y cuyo origen suele estar en mercados clandestinos.

Por si no bastara, uno de los efectos más perniciosos del cambio climático, que a estas horas aún causa un fuerte debate en la COP26 de Escocia, es la pérdida de la biodiversidad, que es nuestro escudo protector contra miles, o millones, de virus. Mientras más avanzamos sobre el territorio silvestre, peor para nosotros. Mientras más intentemos ‘dominar’ a los animales, lo mismo.

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De modo que esa pequeña opereta que ha generado este humilde cánido en estos días turbulentos tiene un trasfondo más bien trágico. Su presencia ante nuestros ojos sorprendidos es la evidencia, clamorosa, de cómo estamos zarandeando al planeta y a los animales. Run Run nunca entenderá el sentido del acuerdo final de Glasgow. Pero nosotros sí tenemos el deber de ser menos salvajes.