Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Historiadora y profesora principal en la Univ. de California, Santa Bárbara. Doctora en Historia por la Universidad del Estado de Nueva York, con estancia posdoctoral en la Univ. de Yale. Ha sido profesora invitada en la Escuela de Altos Estudios de París y profesora asociada en la UNSCH, Ayacucho. Autora de La república plebeya, entre otros.

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Democracia y la perversión de la palabra

“Lo que vivimos hoy, y desde hace cinco años, son variantes de una misma crisis que se origina en la negativa de Keiko Fujimori a aceptar su derrota electoral”.

“Para que una democracia sobreviva necesita demócratas”, leo en un artículo de la revista The Economist. Parece obvio, pero vale la pena pensarlo, porque si hay un término que se ha banalizado hasta vaciarse de contenido en el Perú es precisamente democracia. El Ejecutivo, no obstante los recientes cambios en el gabinete que refuerzan su compromiso democrático, sufre a diario el embate de fuerzas poderosas, profundamente antidemocráticas —la mayoría parlamentaria, grupos mediáticos y empresariales, y un novelista cada vez más seducido por el fascismo— que parecen estar buscando a cualquier costo la caída del presidente Castillo. Y son los mismos que en nombre de la “democracia” lanzaron una campaña millonaria, mendaz, violenta y macartista, para impedir que quienes ganaron las elecciones asumieran el poder. Más recientemente, un medio del Grupo El Comercio ha llegado a llamar “protesta ciudadana” a actos violentos y delincuenciales cometidos por fuerzas de choque del fujimorismo, esas mismas que posan sin rubor con el saludo nazi. Estos ataques se vienen incrementado peligrosamente en frecuencia y nivel de violencia, ante la pasividad de las fuerzas policiales.

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Los ataques se hacen hoy más enconados, tal vez por la sensación de derrota que experimenta una élite acostumbrada históricamente al poder frente al primer gobierno de izquierda que accede a la presidencia por la vía electoral. Pero ello no debe hacer perder de vista que lo que está en juego, más que una mera pugna entre “izquierda” y “derecha”, es la sobrevivencia misma de la democracia como sistema político. En otras palabras, lo que vivimos hoy, y desde hace cinco años, son variantes de una misma crisis que se origina en la negativa de Keiko Fujimori a aceptar su derrota electoral frente a Kuczynski, en 2016 obstaculizando, con su mayoría parlamentaria, cualquier iniciativa del Ejecutivo, hasta forzar la renuncia del presidente, bajo la amenaza de la vacancia por “incapacidad moral”. Lo que sucedió luego con Vizcarra y se intentó (infructuosamente) con Sagasti es la normalización de esta estrategia, resultando en cuatro presidentes y un golpe de Estado en cuatro años, algo no visto tal vez desde la guerra con Chile. En ninguno de esos casos se trató de una pugna ideológica, sino de impedir que un rival acceda al poder, contraviniendo un principio básico de la democracia como es la alternancia en el poder. Por eso resulta tan grave que el Congreso actual haya aprobado una ley que recorta, inconstitucionalmente, las prerrogativas del Ejecutivo, atentando contra otro principio de la democracia como es la separación y el equilibrio de poderes.

Si estas iniciativas antidemocráticas logran imponerse, repito, no sería solo contra un gobierno sino contra el sistema democrático mismo, que tanto ha costado mantener. Funcionarios públicos tan claves como los jefes de la ONPE y del JNE, independientemente de sus simpatías políticas, dirigieron un proceso transparente exigiendo el respeto a los resultados, aun a costa de su propia integridad física y psicológica, al igual que periodistas y personajes públicos, también acosados por fuerzas de choque fujimoristas. Por su parte, ciudadanos del Perú rural salieron a defender su voto y sus firmas, contra la campaña mendaz que los acusaba de falsificarlas.

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En todos esos casos, y podría citarse más, la defensa de la democracia consistió en la defensa de la verdad frente a una campaña basada en hechos ficticios. El punto es clave porque, como bien advierte Sophia Rosenfeld, citada por Federico Finchelstein en A Brief History of Fascist Lies (Universidad de California, 2020), la democracia se ha basado históricamente en nociones de verdad, tanto como, añade Finchelstein, la mentira organizada estructura el fascismo. Las analogías entre La Resistencia y los grupos trumpistas que invadieron el Capitolio, o los grupos violentistas de la Alemania nazi que atacaban a los judíos en base presupuestos falsos no son desestimables. El peligro del escalamiento de la violencia es real y detenerlo tendría que empezar por poner fin al abuso de términos estigmatizantes, como “terrorista” y “caviar”, que acompañan los hostigamientos violentos que hemos visto últimamente. Esto es, si se trata de defender la democracia en los hechos y no solo en los términos.