Augusto Álvarez Rodrich.

Augusto Álvarez Rodrich.

Claro y directo
Economista de la U. del Pacífico –profesor desde 1986– y Máster de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, Harvard. En el oficio de periodista desde hace más de cuatro décadas, con varios despidos en la mochila tras dirigir y conducir programas en diarios, tv y radio. Dirige RTV, preside Ipys, le gusta el teatro, ante todo, hincha de Alianza Lima.

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Países que optan por el suicidio

¿Quiere el Perú, otra vez, seguir el camino de Chile?

La elección de Pedro Castillo obedeció a la voluntad de cambio de, al menos, un sector ligeramente mayoritario de la población, pero se equivocan quienes creen que la transformación deseada está en el radicalismo y en el cambio total de la constitución.

Conscientes de lo perjudicial que sería eso, la premier Mirtha Vásquez y el titular del MEF Pedro Francke han reiterado que el cambio de constitución no está en la agenda del gobierno, a diferencia de la reactivación y la vacunación, mientras Castillo ni toca el tema.

La ciudadanía piensa igual. Según Ipsos, cambiar de constitución solo es prioritario para el 10%, mientras reactivación/empleo lo es para 57%, salud/vacunación (38%), anticorrupción (37%), delincuencia/narcotráfico (35%), pobreza (31%) y agro (25%).

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La vocación de cambio recorre la región, pero es mucho más profunda en unos países que en otros, como Chile.

El economista chileno Sebastián Edwards comenta que, “cuando los historiadores del futuro analicen lo que ha ocurrido en Chile en los años finales de la segunda década de este siglo, se preguntarán perplejos cómo fue posible que el país más exitoso de la historia de América Latina decidiera, por una abrumadora mayoría, destruir la institucionalidad que le había permitido convertirse en referente regional”.

Su explicación es que, “desde hace mucho, Chile viene cultivando un estado depresivo mediante un discurso público flagelante, que se negó sistemáticamente a reconocer el progreso conseguido mientras se encargaba de demonizar al mercado, a los empresarios, al lucro y a todos aquellos principios que nos habían sacado de la mediocridad que históricamente nos había caracterizado”.

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Agrega que se quiso comparar a Chile con Suecia y Noruega sin reparar en los niveles de productividad, baja corrupción, eficiencia estatal, ingreso per cápita o libertad económica de esos países, en vez de hacer la comparación con el Chile de hace cuatro décadas

Edwards concluye que “el suicidio de Chile parece asemejarse al que cometió hace casi un siglo Argentina. Un suicidio de manos de una ideología tan ponzoñosa y resistente que parece admitir resurrección”. Ojalá que el Perú no se lance por la misma ruta suicida.

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