Eduardo Villanueva Mansilla

Eduardo Villanueva Mansilla

Voluntad digital
Profesor principal del departamento de Comunicaciones de la PUCP. Investiga sobre política y desigualdades digitales, y el contacto de estas con prácticas de la cultura digital, desde memes hasta TikTok.

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¿Quién hace el playlist?

“Las plataformas digitales, con sus miles de defectos, son apenas el mecanismo, más eficaz y permisivo, en el proceso de corrupción de la democracia iniciado por otros”.

Por: Eduardo Villanueva Mansilla

Este año horrendo no ha sido apenas producto de la pandemia. Desde su inicio, con las mentiras antivacunas o las ilusiones de fraude, hemos repetido y amplificado nuestra tragedia gracias a la desinformación política, con explosiones desbocadas de sinsentidos en una librería como farsa. Con el asidero sea del patriotismo o del “pueblo”, solo para ganar, o no perder, un poco de poder; sin pensar en los efectos destructivos sobre nuestra convivencia como peruanos y peruanas.

Sin duda, la Internet y sus grandes corporaciones, como Facebook, han tenido que ver; quizá tanto como la mediocridad de nuestros políticos. La prensa peruana, casi toda, optó por ignorar los hechos y promover ilusiones o prejuicios; sus precariedades financieras son equiparables a las intelectuales. Pero esto no niega que al final de cuentas también somos los ciudadanos los que debemos actuar, y lo primero es dejar de pelear con quienes gritan mentiras a sabiendas de que lo son; el pleito es con los que inician las mentiras.

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Eso que llamamos “los poderes fácticos” son una colección a veces amorfa de intereses privados: la democracia sirve si es funcional a su agenda. Esos intereses existen por toda la sociedad peruana, con alianzas de conveniencia. Se puede promover al mismo tiempo oligopolios de transporte cuando sean lucrativos, a cambio de permitir el caos en las carreteras. Inversiones desbordadas “para el pueblo” aunque destruyan pueblos reales. La ineficiencia de la justicia a cambio de la protección de negocios en el borde de la ilegalidad. Y es precisamente por estos intereses que promueven desinformación: discursos que buscan tergiversar la realidad, forzando interpretaciones absurdas pero convenientes a sus intereses.

Desde el meme más simple hasta la más compleja teoría conspirativa, alguien está detrás, con una intención. La desinformación crea las fake news, que son apenas la manifestación del problema: la ausencia de vocación democrática y la gestión de intereses privados como si fueran de urgencia pública. Las plataformas digitales, con sus miles de defectos, son apenas el mecanismo, más eficaz y permisivo, en el proceso de corrupción de la democracia iniciado por otros.

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Actualizando a Orwell, no importa tanto el playlist, sino el algoritmo que decide qué habrá en el playlist. Influyendo sobre las plataformas digitales, así como en las decisiones editoriales de muchos medios, aquel que construye y promueve la desinformación lo hace para defender del escrutinio público privilegios y posiciones que funcionan mejor en la opacidad. Si queremos que la democracia signifique algo real, hay un deber ciudadano: enfrentar y derrotar a los gestores de intereses escondidos tras caretas varias.