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La tolerancia como política

Hay quienes parecen haber olvidado que nos asiste el derecho ciudadano de discrepar.

El pensamiento único se asocia a una manera unidimensional de ver la vida, las relaciones, etc. A una forma unívoca de entender la realidad. Marcuse, el filósofo de la escuela de Frankfurt, señalaba que “su discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados…”.

Algo de eso parece albergar la abierta violencia verbal de quien irrumpe en propiedad ajena para decir que le disgusta sobremanera que se vendan los libros de una persona, vetada por sí y ante sí, por supuestas concesiones políticas que han favorecido, en las últimas elecciones presidenciales, al sector político que derrotó al fujimorismo y sus aliados.

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Las personas que actúan de una manera tan flagrante apelan a vetar, intimidar, amenazar a un dependiente. Repiten una serie de falsedades que ya se han descartado de plano tanto nacional como internacionalmente, como es el tema del fraude electoral.

Una sociedad en la que apostamos por la tolerancia como un valor fundamental desde el cual promovemos la diversidad, la inclusión, la igualdad ante la ley, no puede admitir esta agresión como “natural”, o como producto de la frustración que aún les provoca el fracaso electoral de abril y junio últimos.

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Es el tiempo en que estas prácticas de una clase social, o un sector de la sociedad, o un grupo de personas asociadas por nacimiento, educación y hasta zona de la ciudad que habitan, deben terminar. No pueden pretender convertirse en una fuerza intimidatoria contra quienes no pensamos ni actuamos como ellos. “Ya todo San Isidro sabe que a esta librería no se entra”, es una frase ridícula y delirante.

En el reciente período poselectoral hemos visto muchas muestras de intolerancia, discursos de odio, actos discriminadores y terruqueos. Algunos azuzadores profesionales han destilado ese veneno y ahora pretenden no ser responsables de los resultados de sus persistentes muestras de desinformación o información falsa, regada a diestra y siniestra.

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Es cierto que en la otra orilla tampoco se practica la tolerancia y no se le promueve como valor sine qua non para la convivencia pacífica en la sociedad. Tantas acusaciones de “caviares, agentes de las ONG norteamericanas o traidores” hacen poco bien en tiempos recios y de prueba para la política. Ante ello, la diversidad cultural, social, intelectual, etc. es el mejor remedio para enfrentar la intolerancia del pensamiento único. Vivan los libros.