Lucia Solis

Lucia Solis

Casa de Brujas
Periodista feminista, activista y editora de género en Grupo La República. Licenciada en Comunicación y Periodismo por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y máster en Estudios de Género por la Universidad Complutense de Madrid (en curso). @lamenstruante lucia.solis@glr.pe

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Morir también es ley de vida, por Lucia Solis

“Amar la vida es querer vivirla y dejarla dignamente. La decisión es, o debería ser, de Ana, de Marta, nuestra, si así lo necesitamos”.

Marta Sepúlveda es una mujer colombiana de 51 años que quiere morir. Tiene esclerosis múltiple y estaba a punto de convertirse en una de las primeras personas que, sin tener una enfermedad terminal, iba a acceder, el domingo 10 de octubre, a la eutanasia en su país, que hace poco amplió la lista de personas elegibles para una muerte digna.

Digo ‘’iba’' porque un día antes, el Instituto Colombiano del Dolor (Incodol), canceló el proceso al resolver que ‘’no se cumple con el criterio de terminalidad como se había  considerado en el primer comité'’. Y nada más. Sin más explicación frustraron el derecho de Martha, legal en Colombia, de recibir la eutanasia.

Resulta curioso o, quizás, esperable, que los que más celebran esta decisión son los mal llamados ‘’pro-vida’': colectivos, autoridades, representantes de organizaciones que se colocan siempre del lado de la historia que niega derechos a las personas; especialmente aquellas que son más vulnerables. ¿Qué vida creen que defienden? ¿La de una persona con una enfermedad incurable y degenerativa?, ¿la de un cigoto que no tiene sistema nervioso y que depende en totalidad de la mujer porque no tiene autonomía alguna? ¿la del supuesto ‘’niño por nacer’'? porque en la línea de lo que defienden, si ese ‘’niño’' nace y es gay, tampoco consideran que merece tener los mismos derechos que ustedes.

PUEDES VER: Martha Sepúlveda iniciará acciones legales por “tratos crueles y denigrantes” contra quienes cancelaron eutanasia

Hablan de ‘’amar la vida’' los mismos que lanzan gritos fascistas, discriminan, que prefieren que una mujer muera desangrada en un aborto clandestino y que las personas sufran de los más insoporables dolores, que no se puedan mover, que necesiten asistencia para absolutamente todo, que no puedan hablar, que la muerte los envuelva y pierdan su esencia, que ni en su peor momento puedan decidir. Porque decidir significa ser libres, que tenemos poder sobre nuestras vidas y proyectos de vidas aunque estos, en el caso de la eutanasia, impliquen la muerte.

‘’Si te quieres matar, te subes a un edificio y te tiras’' dijo el religioso y ultraderechista Rafael López Aliaga sobre Ana Estrada, la psicóloga a quien, en marzo de este año, el Estado peruano le reconoció su derecho a morir; es decir, que podrá realizar el procedimiento cuando ella así lo decida. Nada como una mujer a la que rectifican su derecho a elegir como para enervar a un hombre que es solo una muestra de lo que representan aquellxs que, aunque les encante decir lo contrario, son los verdaderos enemigxs de la libertad.

Amar la vida no es imponer, no es castigar, no es someter. Amar la vida es decidir y dejar decidir, es saber que tu cuerpo es tuyo y que tu proyecto de vida está por encima del fracaso de nuestros propios Estados que no garantizan educación sexual, ni métodos de prevención ni aborto legal, ni muerte digna. Amar la vida es querer vivirla y dejarla dignamente. La decisión es, o debería, ser nuestra, de Ana, de Marta, todxs y cada unx de nosotrxs, si así lo necesitamos.