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Obsolescencia política programada

“Los actores políticos saben que su tiempo será corto, mejor quedar como los valientes y consecuentes antes que optar por poner paños fríos y buscar una salida al conflicto”.

En este mundo de consumo permanente, los bienes que circulan en el mercado tienen una fecha de caducidad acelerada. Se producen de tal manera que no vayan a durar mucho tiempo, que las fallas no permitan arreglos simples, llevando a consumidores a una nueva compra. Habrán escuchado frases como “la ropa ya no es como la de antes” cuando se comprueba que, tras unos meses de uso, la tela muestra un evidente deterioro. Lo mismo pasa con celulares, licuadoras o televisores.

Mi impresión es que la política en el Perú ha adquirido también una lógica de obsolescencia programada. La polarización a la que hemos llegado hace que los partidos preparen representantes para el combate, para la guerra contra el enemigo, sabiendo que el horizonte temporal no es ni de mediano plazo. Los tiempos de vida política peruana se reducen cada vez más.

Las guerras permanentes no son sostenibles con el mismo pelotón. Se tendrá que cambiar. Pero el cambio se hará en un plazo tan breve que no hay opción de innovación, de gestación de nuevos equipos y estrategias. Lo que hay es un reemplazo con suplentes de lo mismo. Volviéndose la escena política una penosa repetición de choques.

Desde el enfrentamiento entre PPK y el congreso fujimorista se mostró que la opción de diálogo o concertación estaba bloqueada. Se hicieron los amagos, las piruetas, pero la intención de liquidar al otro estaba clara. El tiempo que se abrió con Vizcarra no cambió, fue un pulseo permanente. Morir o matar.

Vizcarra mató al congreso fujimorista y el nuevo congreso lo mató a él. La política como arte de concertación, negociación y construcción de alternativas se negaba, solo quedaba el combate.

El nuevo tiempo, abierto con la elección del presidente Castillo y su oposición parlamentaria, lejos de cambiar esta dinámica, parece haberla acelerado. Hoy estamos ad portas de un choque que busca, desde el momento uno del nuevo pulseo de poderes, el uso de armas de destrucción masiva. Vamos directo a las amenazas de vacancia y cuestión de confianza. Los actores políticos saben que su tiempo será corto, mejor quedar como los valientes y consecuentes antes que optar por poner paños fríos y buscar una salida al conflicto.

Al filo de la navaja, todos creen que el otro retrocederá. Una apuesta riesgosa que, como tristemente vemos desde la ciudadanía, juega con la estabilidad del país. Tenemos una población seriamente afectada por la pandemia, por el alto costo de vidas y la destrucción de empleos y economías locales. La ciudadanía merece que tanto el gobierno como el Parlamento dejen el enfrentamiento para las cámaras y los aplausos de barras bravas. Es tiempo de construir un pacto social que ponga en el centro el bienestar de la población, el empleo, la vivienda, la salud y la educación. Dejen de jugar.