Sofía Chacaltana

Sofía Chacaltana

Rimaq warmi
Doctora en Antropología con especialidad en Arqueología por la Universidad de Illinois, Chicago. Profesora investigadora del Dpto.de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Se enfoca en estudiar los procesos de colonización llevados a cabo tanto por las sociedades prehispánicas como por la hispana en épocas tempranas.

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Las múltiples miradas a la Estela de Chavín

Se encuentra en el Museo Nacional de Antropología y Arqueología e Historia y dentro de un marco de madera que se ha convertido en su nueva morada. Recibe el cuidado de los especialistas conservadores del museo.

En 1840, Don Timoteo Espinosa, vecino de la ciudad de Chavín ubicada en el callejón de Conchucos, rescató de unas chacras cerca de “El castillo”, nombre como se conocía el sitio Chavín de Huántar, un monolito tallado de casi 2 metros de alto y de varias toneladas de peso. Un par de décadas más tarde, este monolito sería visto por el naturalista italiano Antonio Raimondi, quien trabajaba cercanamente con el Estado peruano en la identificación geográfica de los recursos naturales del territorio para ser explotados y fomentar el desarrollo industrial de la joven nación.

En Chavín, Espinosa invitó a Raimondi a comer en su casa. El italiano cuenta que mientras comía en la mesa de piedra, de manera casual paso la mano por debajo y “descubrió” que había una impresionante figura de un personaje tallado. Ahí se dio cuenta que estaba ante una pieza valiosa que representaba el genio y desarrollo que habían alcanzado los antiguos indios. Comenta el historiador Raúl Asensio en el libro “Señores del Pasado” (2018), que desde el punto de vista de Raimondi “este uso estrictamente utilitario de restos tan valiosos era una prueba de la ignorancia y el desprecio de los lugareños hacia los restos prehispánicos”. Es decir, para el italiano, el mero uso de la estela como mesa era evidencia que los lugareños eran incapaces de ver el valor de la piedra o del mismo sitio de Chavín.

Tomando en cuenta las recomendaciones de Raimondi sobre que la estela debe conservarse en el Museo Nacional y, por interés del mismo presidente Manuel Pardo, la estela emprende un difícil viaje desde Chavín hasta Lima. Para este traslado se compró pólvora ya que se tenía que abrir camino por la cordillera. Llegó al puerto de Casma, donde fue embarcada y trasladada por mar hasta el Callao. La estela llegó al Palacio de la Exposición, donde quedaba el Museo Nacional. Ahí se quedó expuesta en los jardines. Por suerte no fue una de las piezas víctimas del saqueo que hicieron las tropas chilenas durante la ocupación de Lima en 1881, según dicen, estaba tirada y expuesta en su lado no tallado, por lo que los soldados sólo vieron una piedra. Años más tarde fue trasladada al Museo Víctor Larco Herrera y, finalmente, por orden de Julio C. Tello, la estela fue a parar al Museo de Historia Nacional.

En su estadía en la ciudad de Lima, la estela también se ha caído durante el terremoto de 1940, por lo que ahora está reensamblada gracias a unas varas de fierro que cruzan su cuerpo. Se encuentra en el Museo Nacional de Antropología y Arqueología e Historia y dentro de un marco de madera que se ha convertido en su nueva morada. Recibe el cuidado de los especialistas conservadores del museo.