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Culpa y sinodalidad

El camino corresponsable de la sinodalidad es garantía de fidelidad creativa a nuestros orígenes cristianos y antídoto del abuso de unos sobre otros. Contamos con los medios para hacer realidad el principio expresado por San Cipriano.

Marcelo Alarcón Álvarez (*)

El 21 de mayo el cardenal Reinhard Marx renunció a la conducción de la Arquidiócesis de Munich, Alemania, por el escándalo de los abusos sexuales cometidos por el clero. No justifico las culpas reconocidas por él, pero me inspira respeto su decisión como señal de que las cosas deben cambiar en la Iglesia en el tema de los abusos. Sus palabras empujan la agenda de cambios eclesiales en diversos rincones del planeta y una mayor urgencia por promover la sinodalidad.

“Hemos fracasado. Pero ¿quién es ese ‘nosotros’? Yo también”, dijo Marx. El “nosotros” fue un llamado para que, especialmente los obispos, asuman también sus errores y den muestras de arrepentimiento. Parte de esta corresponsabilidad tiene que ver con la primacía que se le ha dado a lo institucional por sobre lo evangélico. De hecho, un aspecto estructural que pesa aún en Alemania –y en muchas iglesias– es la necesidad de salvar a cualquier precio las estructuras (por ej. una parroquia, un párroco). Ello, sumado al clericalismo, ha sido una de las más importantes causas de abusos en la Iglesia.

Fuera de quienes hayan cometido crímenes y abusos condenables, y de la debida solidaridad con las víctimas, duele escuchar a consagrados no culpables decir que son “la peor parte de los problemas”. Anhelaban seguir a Jesús y servir al Evangelio, pero producto de una formación inadecuada y una cultura eclesial torcida ven desperfilado un ministerio hermoso. Otros conviven con el peso de culpas ajenas, bajo injusta sospecha, con una hipersensibilidad al riesgo por una posible denuncia infundada que, de llegar, trae aparejada una tramitación institucional fría, dura y en ocasiones inhumana. Esto impacta profundamente en su mundo afectivo, psicológico y espiritual. ¡Cuánto bien nos haría hablar sobre esto hermanos curas! ¡Cuánto podríamos ayudarnos unos a otros para erradicar conductas abusivas y ser más fieles al Señor que nos ha encargado, sobre todo, a los pequeños!

Compartimos un diagnóstico: el clericalismo es una de las mayores causas de abuso y un mal que hay que erradicar. El recién publicado Documento preparatorio para el Sínodo lo constata diciendo que “la Iglesia entera está llamada a confrontarse con el peso de una cultura impregnada de clericalismo […] y de formas de ejercicio de la autoridad en las que se insertan los diversos tipos de abuso” (Nº 6).

El antídoto ante el clericalismo es la sinodalidad, que expresa la igual dignidad de todo el Pueblo de Dios que posee la unción del Santo. Al respecto, cuando el papa Francisco citó a los obispos chilenos a Roma en mayo de 2018, les entregó un documento que conviene recordar:

El santo Pueblo fiel de Dios […] es el mejor rostro de la Iglesia profética que sabe poner al centro a su Señor en la entrega cotidiana. Nuestra actitud como pastores es aprender a confiar en esta realidad eclesial y aprender a reverenciar y reconocer que el pueblo sencillo […], ese pueblo fiel que se sabe pecador, pero no se cansa de pedir perdón porque cree en la misericordia del Padre, en ese pueblo fiel y silencioso reside el sistema inmunitario de la Iglesia.

El camino corresponsable de la sinodalidad es garantía de fidelidad creativa a nuestros orígenes cristianos y antídoto del abuso de unos sobre otros. Contamos con los medios para hacer realidad el principio expresado por San Cipriano: “nada sin el obispo, nada sin el consejo de los presbíteros y diáconos; nada sin el consentimiento del puebloy para gestionar la sinergia entre carisma y autoridad, por un lado, y el don del Espíritu derramado a todas y todos, por otro. Además, conviene recordar que el Pueblo Santo de Dios es perenne y las estructuras jerárquicas pasajeras.

Confiados en la Providencia, vale la pena promover una Iglesia sinodal donde convivan corresponsablemente el “Papa […] de urgentes problemas y de infinitas confianzas”, el “obispo y el sacerdote de la Palabra que horada y penetra las raíces de la vida”, y el “pueblo uno y diverso […] heroico de amar”.

Francisco respondió a Marx diciendo:

Continúa como lo propones, pero como Arzobispo de Munchen und Freising. Y si te viene la tentación de pensar que, al confirmar tu misión y al no aceptar tu dimisión, este Obispo de Roma (hermano tuyo que te quiere) no te comprende, piensa en lo que sintió Pedro delante del Señor cuando, a su modo, le presentó la renuncia: “apártate de mí que soy un pecador”, y escucha la respuesta: “pastorea a mis ovejas”.

(*) Laico, aprendiz de teólogo.

Redacción La Periferia es el Centro. Escuela de Periodismo - Universidad Antonio Ruiz de Montoya.