Lucia Solis

Lucia Solis

Casa de Brujas
Periodista feminista, activista y editora de género en Grupo La República. Licenciada en Comunicación y Periodismo por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y máster en Estudios de Género por la Universidad Complutense de Madrid (en curso). @lamenstruante lucia.solis@glr.pe

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“A través de la historia las mujeres hemos tenido que disputar nuestros derechos y defenderlos hasta la actualidad”.

El 7 de setiembre se cumplieron 65 años de la promulgación de la ley 12391 de reforma constitucional que permitió el voto femenino en 1956, un derecho que, aunque urgente, se logró con retraso: Perú fue el penúltimo país sudamericano en otorgarlo. Aún así, siguió siendo un privilegio. La ciudadanía de las peruanas tenía condiciones y restricciones: no estaba permitido para todas las mujeres, sino para aquellas mayores de 21 años y alfabetizadas; mientras que el resto, las mayores de 18, podían votar siempre y cuando estuvieran casadas. Porque si no sabías leer ni escribir por lo menos debías tener un hombre para ser respetada, ¿no?

Incluso al alcanzar la ley, producto de debates y movilizaciones gestadas dentro de círculos intelectuales y que empezaron con María Jesús Alvarado, Zoila Cáceres, Magda Portal y otras feministas, la implementación del voto femenino tuvo un sesgo racista, clasista y machista. Porque el voto universal; es decir, para todas las peruanas sin importar origen, nivel educativo ni estado civil, llegaría recién 42 años después, en 1979. Hace nada.

En la historia universal las mujeres hemos tenido que disputar nuestros derechos uno a uno y defenderlos hasta la actualidad. Pero en el Perú, y a partir de los recientes acontecimientos, parece que aún se piensa que las mujeres no tenemos nada más a qué enfrentarnos: podemos tener una cuenta en el banco, manejar, postular para ser presidentas, ¡podemos votar! Como si el sufragio femenino hubiese sido el techo de la igualdad de género, cuando en realidad fue el comienzo. Desnaturalizar el acoso sexual, el machismo de quienes lo cometen, promover el posicionamiento de las mujeres como líderes, voceras de nuestras vivencias, así como erradicar la persecución física y moral a la que somos sometidas por vivir nuestra identidad, nuestra sexualidad y decidir sobre nuestros cuerpos, requiere más. La igualdad de género no ha llegado. Hace falta construirla y cuestionar a quienes nutren su poder a nuestra costa.