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La palabra del mudo

“Queda claro que el presidente prefiere evitar las entrevistas personales porque sabe que es el terreno donde peor se maneja y quedan más expuestas sus limitaciones”.

“Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios”. Con esta famosa máxima, Abraham Lincoln resaltaba la importancia de la prudencia en el ejercicio de la política, recomendando a quienes la ejercen que sepan administrar sus silencios, comprendiendo que, muchas veces, la mejor y más elocuente declaración es aquella que no se hace.

Cuando la enunció, dudo que Lincoln llegara a imaginar un escenario siquiera remotamente parecido al que vive el Perú, con un presidente como Pedro Castillo que, renunciando a la herramienta más elemental e indispensable de la política, ha decidido guardar silencio sobre absolutamente todo, como si creyera que los problemas desaparecerán por el hecho de no mencionarlos.

¿Se puede gobernar desde la ausencia, enmudecido, sin responder a los ataques, aclarar las dudas ni plantear argumentos, permitiendo que todo el espacio sea monopolizado por los críticos o por quienes, como Vladimir Cerrón y su troika, aspiran a usurpar el poder desde adentro? ¿Tiene futuro un régimen que se aísla por decisión personal y permanece oculto como un armadillo, sin entablar el menor diálogo con la ciudadanía?

La respuesta parece obvia para todos, menos para Pedro Castillo. Queda claro que el presidente prefiere evitar las entrevistas personales porque sabe que es el terreno donde peor se maneja y quedan más expuestas sus limitaciones. Para compensar esta carencia, lo ideal habría sido reclutar a un presidente del Consejo de Ministros solvente, tanto en el fondo como la forma. En cambio, se escogió a Guido Bellido, con las consecuencias que conocemos.

Pero una estrategia comunicacional no se agota allí y hay una abundancia de herramientas que el Gobierno no ha querido explorar. Por ejemplo: tener una figura que ejerza la vocería presidencial como lo hizo fugazmente Carlos Urrutia con Alejandro Toledo; ofrecer mensajes grabados a la nación, en los que Castillo tendría el control absoluto del espacio y del mensaje; difundir artículos en la prensa como la polémica serie del «Perro del hortelano» de Alan García o, incluso, aplicar una campaña publicitaria pensada por una agencia de comunicación política.

El problema es que, si las cosas siguen como hasta ahora y no se hace nada de esto, el silencio no solo no ayudará a solucionar los problemas, sino que, como lo estamos percibiendo, contribuirá a agravarlos. La sensación de que Castillo no comunica porque no sabe cómo hacerlo va dando paso a otra peor: que no lo hace simplemente porque no tiene respuestas, sea porque no es capaz de encontrar soluciones a los problemas o, peor todavía, porque no puede comprenderlos.

Por este camino, la aventura política de Pedro Castillo está encarnando otra máxima, esta vez de Groucho Marx: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados».