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Días del futuro pasado

Pedro Castillo, sin cuadros técnicos, con ministros impuestos, cuestionados personajes investigados por graves delitos y poquísima capacidad de gestión, podría terminar naufragando en una tormenta (políticamente) perfecta más pronto de lo esperado.

Pedro A. Castro Balmaceda.

En el año 1990, un desconocido Alberto Fujimori logró ganarle la carrera a la presidencia a Mario Vargas Llosa, entre medias verdades sobre la inviabilidad de un shock económico para luego implementarlo sin contemplaciones, ya sabíamos que estábamos ante un tipo que no tenía el menor reparo en mentir con tal de lograr sus objetivos. A pesar de todo, en el año 1995, y con un cierre inconstitucional del Congreso a cuestas, Fujimori ganó en primera vuelta con un margen avasallador. El resto es historia conocida.

En el año 2001, luego de una accidentada campaña y marchas multitudinarias, Alejandro Toledo llegó a la presidencia del Perú, autodenominándose el “nuevo Pachacútec”. Una vez sentado en Palacio de Gobierno, Toledo tuvo que reconocer a su hija, Zaraí, una paternidad esquiva durante 14 años. Ya para ese entonces, sabíamos quién era Toledo, sabíamos que un mal padre jamás podría ser un buen presidente, pero, a pesar de todo votamos por él como el salvador del Perú. El resto es historia conocida.

En el año 2006, un maduro Alan García vuelve a postular a la presidencia del país que -en su primer periodo- dejó en ruinas, quebrado económicamente y en una crisis institucional y civil de magnitudes solo comparables al mismo ego de AG. Y, a sabiendas del caso del dólar MUC y las sentencias en dos procesos en los que se le acusaba de una participación irregular en la compra de aviones Mirage 2000, la supuesta recepción de un soborno de 1,1 millón de dólares para construir un tren eléctrico, y enriquecimiento ilícito, decidimos votar por él. El resto es historia conocida.

En el año 2011, Humala cambió el polo rojo por blanco, cambió su discurso radical por una hoja de ruta dictada desde la CONFIEP y expectoró a la izquierda progresista que lo llevó a la presidencia para auparse en los brazos de la derecha, que a punta de periodicazos, lo corrigió, lo reeducó y le enseñó a posar para las revistas banales.  El resto es historia conocida.

En el año 2016, luego de una agreste elección –y con un apoyo sorpresivo de la izquierda progresista– PPK llega al poder, entre insultos, puyas internas, repartijas y una guerra declarada desde un congreso mayoritariamente fujimorista y de desmedido poder. Kuczynski solo pudo aguantar los porrazos sin atinar a reaccionar a tiempo para esquivar o devolver los golpes. Es así, que el 21 de marzo del 2018 y con amenazas, denuncias y advertencias, PPK renuncia a la presidencia y le cede la posta a Martín Vizcarra. El resto es historia conocida

Entonces, llegamos al 2021. Y podría solo decir que el resto es historia conocida, pero me arriesgaré e iré un poco más allá, que no se necesita ser vidente para saber lo que vendrá: un personaje sentenciado y probadamente corrupto como Vladimir Cerrón seguirá polarizando todo lo que pueda, esa es su consigna: intervenir desde una línea muy delgada entre manejar el poder o hacer creer que lo maneja. Esto terminará debilitando acuciosamente el gobierno de Pedro Castillo quien, sin cuadros técnicos, con ministros impuestos, cuestionados personajes investigados por graves delitos y poquísima capacidad de gestión, podría terminar naufragando en una tormenta (políticamente) perfecta más pronto de lo esperado.