Raúl Tola

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El discurso

“Fue una presentación que, por el tono, puede vincularse con el discurso que Castillo ofreció ante el Congreso el 28 de julio, cuando asumió la presidencia de la República, y ahí radica su principal problema”.

Que el saludo en quechua con que Guido Bellido inició su presentación para buscar el voto de confianza ante el Congreso haya causado revuelo solo puede explicarse por el ambiente de extraordinaria polarización en que nos movemos, donde todo es motivo de sospecha y puede ser considerado una provocación. Hablar ante la representación nacional en un idioma reconocido oficialmente por la Constitución no es un hecho nuevo, ni debería suponer un problema ni tendría que abrir ninguna polémica.

Bellido eligió este gesto consciente de la histeria que se vive y supo sacarle provecho. La reacción de Maricarmen Alva, presidenta del Legislativo, de un puñado de parlamentarios que se levantaron de sus curules para exigir a los gritos que cambiara de idioma y luego del congresista Jorge Montoya, vocero de Renovación Popular, quien se aventuró a decir: «El idioma oficial del Perú es el castellano español y existe traductor a quechua», le han dado la razón. Todos fueron al trapo, quedaron retratados y le hicieron un favor al Gobierno.

Al mismo tiempo, el episodio le sirvió para restar importancia a lo que de verdad debería interesarnos: el contenido del mensaje. Sabiendo que llegaba con una merecida imagen de prosenderista, radical e investigado por la justicia, luego de que Pedro Castillo volviera a bajar la cabeza ante la facción que integra junto con Vladimir Cerrón en la reforma del gabinete ministerial, Bellido moderó su discurso, haciendo permanentes llamados al diálogo, planteando de manera general las políticas del Gobierno y evitando propuestas como el cambio de Constitución.

Fue una presentación que, por el tono, puede vincularse con el discurso que Castillo ofreció ante el Congreso el 28 de julio, cuando asumió la presidencia de la República, y ahí radica su principal problema. No en las buenas intenciones y el aparente propósito de enmienda que Bellido intentó escenificar, sino en el hecho de que, en su primer mes de existencia, este Gobierno nos ha acostumbrado a un desempeño errático, imprevisible, desordenado y contradictorio. Si el discurso que Castillo ofreció por Fiestas Patrias fue seguido por el nombramiento de un gabinete de impresentables, concebido para el choque y el conflicto, ¿qué podemos esperar?

Al momento de escribir esta columna, la confianza no había sido votada, aunque los cálculos eran que el gabinete Bellido la obtendría raspando. Estratégicamente puede explicarse, pero que un gabinete con esta composición salga airoso no es una buena noticia: legitima la mediocridad y golfería que anidan en su interior, y, de paso, anticipa nuevos vientos de confrontación, inestabilidad y zozobra.