Mirko Lauer

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Observador
Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, Francia. Beca Guggenheim. Muy poco twitter. Cero Facebook. Poemario más reciente, Sologuren (3ª edición Huerga & Fierro, Madrid). Próximo poemario, Las arqueólogas, en setiembre.

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Primeras fotos en el Palacio

“No parece haber nada que impida a Castillo adecuarse a su nueva situación. A lo largo de la campaña electoral demostró una real capacidad de adaptación, y un claro sentido de las circunstancias”.

Las fotos de la visita de Pedro Castillo a Francisco Sagasti transpiran una cierta elocuencia. El próximo inquilino de Palacio aparece algo rígido, casi inmóvil, y poco convencido por el ambiente de los grandes salones. A Sagasti se le ve jovial, a Castillo no tanto.

Es un presidente que no ha jurado el cargo, y en las fotos su lenguaje corporal habla de una cierta cautela, de algo así como una sospecha de lo rural frente a los oropeles de la gran ciudad.

Es un encuentro crucial. Según últimas versiones el presidente ha elegido vivir en Palacio y trasladar allí a su familia desde Chota. Los niños irán al colegio en Lima, y la primera dama no tendrá propiamente una casa que administrar. Quizás en ese primer recorrido Castillo se ha sentido atrapado por esos grandilocuentes espacios.

El Palacio de Gobierno es, a su manera, una gran máquina de vivir. Eso significa numerosos procedimientos y reglas para el día a día, algunos necesarios (seguridad y privacidad), otros tradicionales (protocolo, simbolismo), y algunos simplemente inútiles. Cada presidente adecúa a su propio estilo lo que puede, que no suele ser mucho.

La sede del Ejecutivo tiene una amplia sección privada, donde se suelen refugiar las familias presidenciales, cuando ellas eligen vivir allí, que no siempre ha sido el caso. Pero es una privacidad relativa, a la que seguramente toma un cierto tiempo habituarse. Quizás para el presidente mismo todo Palacio termina siendo una enorme oficina.

El mensaje de todo lo anterior es que una cosa es gobernar el país y otra ser su presidente en el aspecto cotidiano. El Palacio es una casa, pero sobre todo una oficina, y también una vitrina. Las posibilidades de privacidad existen, pero son limitadas. El lugar emplea numeroso personal, y tiene que acoger a gran número de visitantes.

No parece haber nada que impida a Castillo adecuarse a su nueva situación. A lo largo de la campaña electoral demostró una real capacidad de adaptación, y un claro sentido de las circunstancias. Es casi seguro que la sensación de timidez que transmiten las primeras fotos será reemplazada por alguna forma de aplomo.