René Gastelumendi

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Detrás del bicentenario

“Sin duda, estamos ante una oportunidad de acercarnos a lo que es ser una nación realmente autodeterminada (y bien mezclada). No puede ser solo casualidad que la pandemia y sus develaciones hayan propiciado esta reivindicación, de carambola o no, precisamente este 2021”.

No sabemos si Castillo hará un buen gobierno. La incertidumbre y temores respecto a su gestión y su encuadre democrático están allí, en mi caso, más que la esperanza. Luego de varias elecciones en las que el “sur peruano” (el territorio andino más postergado, que puede incluir zonas del norte, o incluso de Lima) votara en la primera vuelta de manera distinta al resto del Perú, el candidato escogido por ese llamado “sur peruano” fue el que ganó, finalmente, la presidencia.

Esto ocurre, simbólicamente, en el año del “bicentenario” (qué artificial siento esa palabreja, hoy) de nuestra independencia. Aquello tiene que significar e implicar algo importante y, quién sabe, revolucionario en la futura configuración de nuestra sociedad. De allí también el pavor, el racismo, el clasismo que percibo en casi todo lo que me rodea, ante lo que disfrazan solo de Cerrón, “comunismo”, fraude o falta de preparación. Interpretarlo me excede, por mis propias limitaciones y porque el entendimiento y la lectura, pienso, aún están en curso. Sin duda, estamos ante una oportunidad de acercarnos a lo que es ser una nación realmente autodeterminada (y bien mezclada).

No puede ser solo casualidad que la pandemia y sus develaciones hayan propiciado esta reivindicación, de carambola o no, precisamente este 2021. No puede ser solo casualidad, aleatorio, que luego de 200 años de vida republicana, y otros tantos como virreinato, un “cholo de verdad”, culturalmente procedente del sector colonizado, discriminado, marginado y tan numeroso, haya llegado al poder. Seguramente, muchos están pensando en Toledo como el ejemplo más reciente de que no sería la primera vez que un “cholo” (por favor, estoy usando comillas, tratando de simplificar el concepto en clave autocrítica) llega a la “primera magistratura” del país, a mandar.

Toledo, sin embargo, por más que marketeaba su origen y etnicidad, era, pues, un personaje bien matizado con el sector social dominante que no lo veía como una amenaza capaz de dislocar las estructuras de siempre. Castillo, ni su esposa, aspiran parecerse a los encorbatados expresidentes ni a quienes los acompañaron ejerciendo el poder. Castillo es, desde mi orilla, auténticamente, uno de mis compatriotas andinos: los representa y patea el tablero etnográfico, casi intocado, de lo que llamamos patria. Todo esto, por cierto, por sí mismo, no convertirá a Castillo en un buen presidente, pero algo muy profundo se ha movido, una energía acumulada se ha canalizado. Ya veremos hacia dónde. Bueno o malo, lo que venga, tal vez será más -nuestro- que nunca.