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Ahora Castillo

“A Castillo le vendría bien asumir una posición más realista y pragmática. Esto supone comprender que comandará un gobierno débil, acosado por los problemas...”.

El abogado Julio César Castiglioni, integrante del equipo legal de Fuerza Popular, reconoció que a Keiko Fujimori ya no le quedan opciones de ganar la elección. Esto quiere decir que -a pesar de que continuarán interponiendo recursos ante el JNE— la proclamación presidencial de Pedro Castillo resulta inminente hasta para sus rivales.

Las denuncias de fraude, impugnaciones y protestas callejeras darán paso a un nuevo momento, que comenzará con el anuncio del JNE y será seguido por una transición extraordinariamente breve (de menos de una semana). En ese momento, Castillo se verá obligado a asumir un protagonismo que hasta ahora ha intentado esquivar. Su obstinado silencio acepta varias lecturas. La primera y más benévola es que ha escogido este perfil bajo para no entrar en polémicas que enturbien todavía más el ambiente de conflictividad y polarización que se vive en Perú.

Sin embargo, otro político con más experiencia y mayores habilidades habría sabido aprovechar el momento para tomar algunas iniciativas, fijar su posición sobre temas indispensables (la violencia de «La Resistencia», por ejemplo) y, sin saltarse las rayas rojas, obtener alguna ventaja en el delicado ajedrez político.

Por eso, la sensación que deja Castillo es la de alguien completamente sobrepasado por el momento e, inclusive, la de quien, a ratos, pareciera arrepentido de haberse embarcado en una aventura por la presidencia, un cargo al que accedió sin saber cómo y cuyas inmensas complejidades recién comienza a descubrir.

Pero esta es la realidad que nos ha tocado vivir y el señor Castillo está en la obligación de asumir las responsabilidades que le corresponden como presidente de la república, comenzando por salir de la parálisis en que parece sumido para tomar las decisiones iniciales de su gobierno, que serán trascendentales.

La primera tendría que ser el nombramiento de un presidente del Consejo de Ministros solvente, con peso propio, cuyas capacidades y conocimientos suplan sus carencias y lagunas. Y la segunda, conformar un ejecutivo que sepa afrontar los numerosos problemas que apremian al país, comenzando por un ministro de Salud que mantenga y acelere el ritmo de vacunación y un ministro de Economía sensato, cuyas decisiones contribuyan al proceso de reactivación.

Finalmente, a Castillo le vendría bien asumir una posición más realista y pragmática. Esto supone comprender que comandará un gobierno débil, acosado por los problemas y rodeado de enemigos dispuestos a derribarlo a la menor ocasión. En esas condiciones, mantener su obstinación por medidas grandilocuentes, como el cambio de Constitución, aparece como el camino más directo para un proceso de vacancia que, supongo, preferiría evitar.