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Al margen de la ley

La protesta vandálica de huestes fujimoristas desató la violencia en el centro histórico de Lima.

Una banda criminal asoló ayer el centro de Lima causando a su paso actos vandálicos. Atacó periodistas, cerró el paso de las comitivas ministeriales de Salud y Vivienda a punta de palos, destrozó ventanas de buses de transporte y apedreó restaurantes.

Esta masa fujimorista, amorfa y agresiva que se autodenomina La Resistencia, desató la violencia en los alrededores del Palacio de Gobierno, buscó aterrorizar a los transeúntes que huían a su paso, mientras los negocios bajaban las cortinas metálicas y las vidrieras de los negocios peligraban por la amenaza de las piedras lanzadas por estos desadaptados.

¿Cuál es el móvil detrás del que se agazapa esta partida de delincuentes? La defensa de Keiko Fujimori, quien ante la derrota en urnas quiere ganar sobre la base del palo, la manopla y el corte en la cara. No le bastaron los mejores abogados de Lima ni los aliados políticos de viejo y nuevo cuño; ahora necesita de los bajos fondos, la gente de malvivir, el maleante que presta su puñal por unos soles la hora.

Es un grupo de delincuentes que agitan banderas políticas, pero que han perpetrado una serie de actos alejados de la ley. Han cercado viviendas de políticos y periodistas, han atacado verbalmente a autoridades, impuesto su presencia vociferante en locales públicos y agredido impunemente a sus rivales políticos con palos llenos de clavos. Su vínculo con el fujimorismo impregna su ADN, y nunca Keiko ha hecho un deslinde real del accionar violentista de sus huestes.

Estamos viviendo las últimas horas de la segunda vuelta. Pese a todas las maniobras de boicot utilizadas por los abogados de Fuerza Popular para extender interminablemente la fecha de la promulgación del nuevo presidente, no hay plazo que no se cumpla y se van acabando las apelaciones sin más motivo que el de oponerse por oponerse, como quedó claro con el “no es mi tema” del abogado Julio Castiglioni.

Días más, días menos, se hará el anuncio dando a conocer el resultado que todos conocemos, pero que un grupo cada vez más minoritario se niega a aceptar. Deberán hacerlo tarde o temprano, porque la marcha del país no se puede detener por capricho ni por el arrebato de la que no sabe perder. Si no lo hacen, corren el riesgo de ponerse al margen de la ley como lo ha hecho su militancia el día de ayer, cruzando la delgada línea entre la protesta democrática y el zafarrancho de la turba sectaria y demente.