Raúl Tola

Raúl Tola

El diario negro

Más columnas

Raúl Tola

Honor a los noteros18 Set 2021 | 8:09 h

Raúl Tola

Los terrucos y el terruqueo11 Set 2021 | 6:18 h

Raúl Tola

La palabra del mudo04 Set 2021 | 5:30 h

Raúl Tola

El discurso28 Ago 2021 | 4:46 h

El espía desorientado

“Pero las llamadas hechas públicas con Pedro Rejas revelan a un Montesinos que, a diferencia del pasado, no está en control de la situación, parece desesperado porque lo oigan...”.

Hubo un tiempo en que la mención del nombre de Vladimiro Montesinos causaba escalofríos. Todopoderoso asesor de Alberto Fujimori, era una figura que parecía estar en todas partes y controlar hasta el menor detalle de cuanto ocurría en Perú. Esta impresión se acrecentaba por su patológico anonimato, su meticulosa falta de exposición pública, el misterio y los rumores que lo envolvían, que lo convirtieron en un enigma, casi un mito.

Las prácticas y la personalidad de Montesinos se conocieron mejor al desmoronarse el gobierno de Alberto Fujimori. Aunque exagerada por el enigma, entonces supimos cuánto se aproximaba la realidad a la leyenda. Era verdad que Fujimori le consultaba todas las decisiones, que desde los servicios de inteligencia vigilaba, amedrentaba, chantajeaba y silenciaba a los opositores, que controlaba esa maquinaria de injuria y difamación que eran los diarios chicha y que, desde su oficina en el SIN, decidía los rumbos del país mientras coimeaba a políticos, magistrados, militares y dueños de medios de comunicación.

El Montesinos preso en el Centro de Reclusión de Máxima Seguridad de la Base Naval del Callao, que por estos días ha vuelto a los titulares, se parece poco a aquel. Es verdad que sus formas no han cambiado, que permanece atento a la actualidad y mantiene el deseo de influir de ella, que subsiste su vocación de tinterillo y conspirador, y que sigue comprendiendo el ejercicio de la política como una suma de arreglos por debajo de la mesa y vertiginosos sobornos.

Pero las llamadas hechas públicas con Pedro Rejas revelan a un Montesinos que, a diferencia del pasado, no está en control de la situación, parece desesperado porque lo oigan, acepten sus propuestas y le permitan recuperar al menos una porción de la influencia que alguna vez tuvo. En cambio, Rejas le responde con distancia, incluso displicencia, se atreve a grabarlo y a hacer públicas sus comunicaciones. Por si fuera poco, ninguno de sus proyectos se concreta: ni logra controlar al Jurado Nacional de Elecciones, ni las «seis sorpresas» que ofrece como insumo para el debate de Arequipa son usadas por Keiko Fujimori.

Montesinos mantiene el ímpetu pero ha perdido el olfato y la infalibilidad. Sus maneras afectadas, sus indirectas fáciles y su racismo (llama «guanaco» a Pedro Castillo) lo hacen ver como un espécimen del pasado, un anacronismo al que los años en prisión no han permitido evolucionar ni mejorar. Un hombre acostumbrado a ejercer el poder de una manera sibilina e incontrolada, desconectado con la calle, que no quiere admitir que ha perdido capacidad de maniobra y que la perdería del todo si, como corresponde, sus inconductas fueran sancionadas con un endurecimiento de régimen y un cambio de prisión.