Pilar Ortiz de Zevallos

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La Lima que recibió a San Martín

“A la llegada de San Martín, la crisis financiera, la escasez de alimentos y de diversos productos tenían agobiados a los limeños. Mantener las tropas realistas y patriotas había consumido las cosechas y arruinado la agricultura”.

El 12 de julio de 1821, San Martín hizo su entrada en Lima. Un ambiente agitado, entre ansiedades y entusiasmos, lo esperaba. La población estaba dividida, entre los que sentían miedo ante la pérdida de su estabilidad así como a posibles revueltas de esclavos o indígenas, y los que tenían la esperanza puesta en los cambios que la independencia les traería.

La Lima de 1821 presentaba un rostro urbano-rural resguardado por una muralla construida en el siglo XVII. La ciudad, que estaba a punto de dejar de ser “… de los reyes”, se caracterizaba por sus casas-huertas e importantes construcciones como monasterios, conventos, iglesias, alamedas arboladas, baños públicos, plazuelas y edificaciones gubernamentales. Ese hermoso casco urbano rodeado de chacras tenía graves problemas de salubridad. La historiadora Gilda Cogorno nos cuenta que las reformas borbónicas, que intentaron embellecer la ciudad, encontraron grandes dificultades en la deficiente administración hídrica. Lima soportaba una grave crisis en sus cañerías y acequias. Estas últimas eran utilizadas como desagües, basurales y muladares.

La población estratificada en base a criterios socio-económicos, culturales y raciales se dedicaba básicamente a la actividad mercantil y a las tareas agrícolas. Las labores de los limeños giraban en torno a grandes, medianos y pequeños comercios; negocios de comidas y bebidas; industrias como molinos, curtiembres, caleras, talleres de cerámica, entre otros.

A la llegada del Libertador, la crisis financiera, la escasez de alimentos y de diversos productos tenían agobiados a los limeños. Mantener las tropas realistas y patriotas había consumido las cosechas y arruinado la agricultura. El bloqueo de Cochrane al puerto del Callao dificultaba la actividad comercial. Pero el clima de desconfianza, incertidumbre y temor no impidió que los ideales libertarios se afirmaran con la declaración de la independencia el 28 de julio.

(Cita: Cogorno, Gilda, “La cuestión del agua en Lima en el ocaso de la Colonia: El reglamento de Cerdán de Landa de 1793”).