Rosa Palacios

Rosa María Palacios

Contracandela
Lima, 1963. Abogada por la PUCP y Máster en Jurisprudencia Comparada por la Universidad de Texas en Austin. Su área de especialización es el periodismo político y divulgación jurídica con más de veinte años de experiencia en televisión, radio y prensa escrita. Es docente de la PUCP en la facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

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En el nombre del pueblo

“Castillo conoce poco de derecho constitucional, pero es imprescindible, para quien quiera que ejerza la presidencia, que conozca bien su texto. ¿Por qué?”.

Pedro Castillo ha señalado en más de una ocasión que quiere una Constitución con olor a pueblo. La metáfora no es original. Se la apropia del papa Francisco quien ha insistido en tener pastores con olor a rebaño. Sin embargo, si bien lo del papa se entiende, lo de Castillo, no. Ni somos sus ovejas, ni él es nuestro pastor.

Las constituciones peruanas proceden de asambleas constituyentes elegidas por el pueblo. Los representantes en ellas son el pueblo. Los presidentes, los congresistas, los gobernadores y los alcaldes proceden del voto popular y representan al pueblo. La democracia representativa, pilar de nuestro sistema político, se basa en ese principio que de modo tan sencillo se expresó en la primera línea de la Constitución de los Estados Unidos: We the people (nosotros, el pueblo) y se ha repetido de tantas formas en todas las constituciones de América.

“El Congreso Constituyente Democrático, invocando a Dios Todopoderoso, obedeciendo el mandato del pueblo peruano”, empieza la Constitución de 1993. “Nosotros, representantes a la Asamblea Constituyente, invocando la protección de Dios y en ejercicio de la potestad soberana que el pueblo del Perú nos ha conferido”, dice la Constitución de 1979.

Así, todas las constituciones proceden del pueblo y todas ellas, en el Perú, proceden de rupturas del orden constitucional. Todas son hijas de un golpe de Estado previo que configura un momento constituyente que aspira a ser refundacional y no termina de serlo del todo, porque determinados contenidos constitucionales están con nosotros desde 1821. Uno de ellos es, justamente, la democracia representativa.

Como los mensajes de Pedro Castillo en asuntos fundamentales suelen ser confusos, esperemos que no crea que hay un pueblo que es más pueblo que otro. Es decir, que los representantes libre y democráticamente elegidos en 1992 o en 1978 son menos pueblo que aquel que quiere oler en su proyecto de nueva Constitución. Lamentablemente para él, todas las dictaduras se construyen en el nombre del pueblo y se sostienen en la opresión de ese mismo pueblo. Negar la democracia representativa como forma de gobierno solo lo va a llevar a una vacancia prematura que es lo peor que le puede pasar a él y al país.

Si Pedro Castillo quiere, como ofreció en campaña, una reforma total de la Constitución puede hacerlo a través del Congreso, como manda el artículo 206 con o sin referéndum. Si quiere modificar el 206, para introducir una asamblea constituyente, tiene que hacerlo también a través del Congreso. ¿Tiene los votos? No los tiene, ni los tendrá. La mayoría del país no quiere una reforma total de la Constitución. Si ese fuera el deseo, tendría una bancada mayoritaria. Con 37 votos propios y 5 prestados de un total de 130, está muy lejos. ¿Vale la pena insistir en un escenario que solo crea incertidumbre?

Castillo tiene que mirarse muy pronto en el espejo de Kuczynski y entender que está en una situación muy parecida por lo precaria. Si pone en riesgo la estabilidad económica del país o no reconoce los límites de su poder, no llegará ni a los 20 meses de PPK. Hasta hoy, tiene que luchar contra una minoría golpista que no lo reconoce y que tiene tanta representación en el Congreso como la que él tiene. Cualquier error, cualquier alejamiento de la Constitución que tan desesperadamente quiere cambiar será la excusa perfecta, la chispa para incendiarlo todo y sacarlo del poder a él y a Boluarte. Por mucho menos vacaron a Vizcarra.

Castillo conoce poco de derecho constitucional, pero es imprescindible, para quien quiera que ejerza la presidencia, que conozca bien su texto. ¿Por qué? Porque su primera obligación constitucional es defenderla. Si no tiene idea de lo que ahí está escrito, ¿cómo lo hará?, peor aún, si no la conoce, ¿para qué la quiere cambiar? Así como sus asesores económicos le están dando lecciones de realismo, lo mismo deben hacer sus asesores legales. Unas lecciones de derecho constitucional, recibidas con humildad por el profesor que tiene que aprender, puede ser la mejor inversión de tiempo que haga Castillo en estos días de espera.

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