Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Por qué los golpes no alivian

“Se puede desenterrar el manido argumento de que ‘Chile es lo que es gracias a Pinochet’, una falacia instalada por años, dado que la bonanza de ese país fue más bien un logro de la democracia...”.

Cuando las democracias son frágiles, blandas, magras –como la nuestra, vaya–, la apelación al golpe de Estado es una tentación permanente. Casi estructural, mientras el cuerpo democrático no se fortalezca por dentro y sienta que, al fin de cuentas y sufrimientos, no le conviene que lo aporreen para salvarlo. La letra institucional con sangre no entra.

Aun así, el mito de la refundación golpista (o “reorganización nacional”, para aludir al macabro régimen argentino encabezado por Rafael Videla) persiste. En los últimos cinco años, han ocurrido en el mundo cinco golpes de Estado de los clásicos con tanques y, digamos, “exitosos”. Los escenarios: Mali (dos veces), Birmania, Sudán y Zimbawe.

Precisamente porque los golpes de Estado con acción militar han caído en desuso en países que se tienen por más modernos, desde hace unos años han aparecido diversas modalidades llamadas también “golpes” institucionales, fácticos, blandos. Casi se ha convertido en una manía llamar así, desde una trinchera u otra, a diversas acciones fuera de la legalidad.

Es cierto que hay golpes institucionales evidentes, como el protagonizado por el congresista Manuel Merino en noviembre del 2020 desde el Parlamento. Solo que incluso en ese caso, su consecución estuvo precedida de sigilosas llamadas a comandantes de la Fuerzas Armadas. Ergo, parece que el sentido original de los golpes (lo militar) se mantiene.

Más ejemplos: en mayo del 2002, un comando de empresarios, líderes de oposición y mandos militares sacaron por unas horas al presidente Hugo Chávez en Venezuela. Pude vivirlo in situ y estuve dentro del Palacio de Miraflores cuando, pocas horas después, los militares pro-chavistas lo repusieron. Puedo asegurar que no usaban armas de fantasía.

El 10 de noviembre del 2019 tras unas elecciones turbulentas, el general Williams Kaliman, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia, le “sugirió” al presidente Evo Morales que renuncie. Según la Constitución boliviana, podía hacerlo para que busque “las soluciones apropiadas”. Solo que ya entonces parte de la Policía se había sublevado.

Morales había forzado su candidatura a esa elección, algo que no debió hacer, y la OEA encontró en los comicios irregularidades, que luego fueron cuestionadas por el Centro de Investigación Política y Económica de Estados Unidos. Se nombró una presidenta interina, Janine Áñez, y meses después el Movimiento al Socialismo de Morales volvió a ganar.

Todas estas historias han acabado tormentosamente, con violencia fatal incluida. O con sanciones internacionales, como le ocurrió a Honduras en el 2009, luego del golpe contra el presidente Manuel Zelaya. En el Perú, por si no se dieron cuenta los entusiastas, las elecciones no han sido cuestionadas ni por la OEA, ni por EEUU, ni por la Unión Europea.

Sus únicos devotos en este momento son los más febriles partidarios de Keiko Fujimori y algunos aliados que quieren jugar con fuego, sin medir que el incendio también los va a incinerar a ellos. En Birmania, tierra golpeada tantas veces, los muertos se cuentan por centenares; en cualquiera de los otros países el desastre también ha sido económico.

Se puede desenterrar el manido argumento de que “Chile es lo que es gracias a Pinochet”, una falacia instalada por años, dado que la bonanza de ese país fue más bien un logro de la democracia. Pero más todavía: añorar la manu militari implica acercarse al odiado “modelo venezolano” ya que Chávez intentó dos golpes de Estado en 1992.

Luego, ya en el poder, perpetró varias tropelías apoyado por los militares, como hoy lo hace Nicolás Maduro. Por último, pedir eso a los militares es faltarles el respeto. Siempre salen magullados de tales procesos y hasta arruinan sus carreras personales. Solo porque, en un momento, ciertos desesperados creen que sus pánicos valen más que la democracia.