Raúl Tola

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Yo, el supremo

“Un nuevo eslabón dentro de la narrativa irresponsable y falaz que el fujimorismo ha intentado imponer para justificar su tercera derrota consecutiva...”.

El personaje del dictador militar que alcanza el poder por el camino del golpe de Estado es, qué duda cabe, una de las grandes contribuciones de América Latina a la literatura universal. Los ejemplos sobran: «El otoño del patriarca» de García Márquez, «El señor presidente» de Asturias, «Yo, el supremo» de Roa Bastos o «La fiesta del Chivo», de Vargas Llosa.

Esta tradición literaria refleja una historia abundante en modelos reales como el guatemalteco Estrada Cabrera, el doctor Francia en Paraguay o el colombiano Rojas Pinilla. Durante décadas, estos hombres prepotentes, autoritarios e imprevisibles, la mayoría incultos y sanguinarios, cundieron a sus anchas en nuestro continente, amoldándolo de acuerdo a sus caprichos y necesidades.

El avance de la democracia fue arrinconando este modelo. En Perú, el ciclo iniciado con el golpe de Estado de Velasco Alvarado, que concluyó cuando Morales Bermúdez entregó el poder en 1980, pareció su condena de muerte. Pero la tentación autoritaria no se extinguió con las dictaduras militares y buscó alternativas. La más exitosa fue la de Alberto Fujimori, quien instauró un gobierno sustentado en una alianza entre civiles y militares, que mantuvo las apariencias de una democracia, pero canibalizó todas sus instituciones y desapareció sus contrapesos. Ese modelo serviría de inspiración a otros autócratas como Hugo Chávez o Daniel Ortega.

La carta firmada por cientos de oficiales en retiro que llegó este jueves al Comando Conjunto, que invoca a desconocer el resultado de las elecciones si dan por ganador a Pedro Castillo y presume que las FF. AA. no estarían obligadas a obedecerlo si los organismos electorales no atienden todas las denuncias de «fraude», es la mayor amenaza a la endeble democracia peruana desde que esta fue recuperada en el 2000. Además de un nuevo eslabón dentro de la narrativa irresponsable y falaz que el fujimorismo ha intentado imponer para justificar su tercera derrota consecutiva, se trata de una vuelta ya no a los noventa, sino a la peor tradición de cuartelazos latinoamericanos que ahora, encima, se anuncian públicamente.

No es casualidad que una buena porción de firmantes haya integrado las Fuerzas Armadas en los años que Fujimori y Montesinos las usaron como sustento, hundiéndolas en la vergüenza y el desprestigio, y abriendo un profundo proceso de renovación que, saliendo de las sombras de la corrupción y la autocracia, ha resultado en unas instituciones castrenses institucionalistas y comprometidas con la democracia.

A estas personas que no aprendieron nada de los errores del pasado hay que exigirles que se abstengan de soliviantar a los cuarteles y meterse donde no les compete. En vez de solucionar los problemas de la coyuntura, su irresponsabilidad e impertinencia están contribuyendo a calentar un escenario extraordinariamente volátil, de inestabilidad extrema, menoscabo de la democracia y, en última instancia, guerra civil.