César Azabache

César Azabache

Hablando de justicia
Director de Azabache Caracciolo Abogados. Abogado especializado en litigios penales; antiguo profesor de la Universidad Católica y de la Academia de la Magistratura. Conduce el espacio de entrevistas legales “En Coyuntura” en la revista La Ley. Es miembro del directorio de la revista Gaceta Penal y autor de múltiples ensayos sobre justicia penal.

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Los fantasmas

“Ocurre con todas las adicciones, el fuego que enciende la polarización no acepta su propia extinción”.

Entre el sábado y el domingo de elecciones recibí más de una versión “segura” sobre fraudes y conspiraciones en marcha, cada cual más perversa que la siguiente. Debo decir que las recibí de ambos lados, preparándose para desautorizar eventuales resultados adversos.

Imposible sentirse seguros con una diferencia de votos que se veía cercana al 0,5% y ha terminado por debajo del 0,4%.

El casi imposible empate perfecto habría conducido a un sorteo. Diferencias tan cercanas al empate generan sensaciones semejantes a las que habría producido ese sorteo. Al menos en la mente del perdedor. El que gana en estas condiciones olvida rápidamente la estrechez de las cifras y se aferra a la defensa del modelo electoral. Al frente, el contendiente, derrotado, saca de la caja de herramientas el arsenal de acciones organizadas sobre la narrativa del fraude y las conspiraciones y asigna el resultado al azar.

Atribuir resultados como estos a la suerte permite a los vencidos desengancharse de toda responsabilidad por el resultado. La suerte jamás es justa. Es solo suerte. Entonces no hay por qué respetarla. La suerte no se juzga; no se razona sobre ella. La suerte se impugna. Es entonces que se convierte en trampa. Cuando es ella quien nos gana hay que auditar las patas de la mesa que sostiene la ruleta, el peso de los dados que han sido lanzados y el mazo de cartas del tahúr. Quien asigna su derrota a la suerte encuentra la coartada perfecta para negarse a reconocer el fracaso. La suerte se conduce siempre por rutas impregnadas de magia, de variables que parece imposible controlar. Asumir que se pelea contra la suerte abre el espacio para narrativas pobladas de fantasmas.

Los fantasmas de todos aparecen en la niñez. Un sombrero colgado, una manta cercana a la lámpara del velador, el sonido del agua de las tuberías; cualquier cosa basta para que un niño que se siente inseguro cree fantasmas. Los fantasmas del niño nacen del miedo y son construidos sobre pretextos. Aparecen cuando el niño explora los límites del mundo que comienza a conocer. Pero los fantasmas de los que hablamos aquí son creados por adultos. Aquí se genera una diferencia sensible. El fantasma del niño coloca el espanto en algo-horrible-distante. El fantasma del niño le lleva a esconderse bajo una frazada y pedir el abrazo de quien debe protegerle. El miedo adulto instala al fantasma en quien está al frente, con quien se sostiene la contienda, que queda automáticamente convertido en culpable de nuestra suerte; alguien que debe ser castigado por causar nuestro fracaso: “Yo-no-he-perdido; tú-haces-trampas”.

Los fantasmas adultos crean enemigos de carne y hueso y nos lanzan a la calle con antorchas que buscan quemar algo, lo que sea. Las narrativas del fraude y la conspiración (fueron dos, no lo olvidemos) impulsan la formación de oposiciones agresivas lideradas por una víctima proclamada por sí misma que pretende haber adquirido, por obra de la suerte adversa o de la trampa, su prima hermana, el derecho a victimar a su rival.

Hace más de dos meses decidimos depositar el estrés que producen todas nuestras incertidumbres en la polarización de nuestras opciones políticas. Entramos a un juego de aliados y enemigos que no admite intermedios. Pero la polarización no forma procesos sostenibles. Se agota cuando acaba la contienda. Sin embargo, ocurre con todas las adicciones, el fuego que enciende la polarización no acepta su propia extinción. Debe reproducirse y multiplicar sus consecuencias, buscar nuevas coartadas, crear fantasmas, envolvernos en un febril estado de agresión permanentemente reproducido.

Entonces nada debería sorprendernos. Excepto nuestra incapacidad de recuperar el equilibrio, que por cierto perdimos… ni siquiera sabemos cuándo.

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