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Viejas identidades, viejos poderes

El Perú sigue adelante, hay mucha fuerza innata en todos nosotros que nos hace sobrevivir día a día, pero que no nos atrevemos a sacarla afuera para pensar en grande, para trabajar unidos.

Michel Azcueta (*)

¡Ayayayyy…! ¡Qué poco cambia Perú…! Pareciera una línea del tiempo muy aplanada, con alguno que otro pico hacia arriba o hacia abajo, unos dices desde la Colonia, otros desde la Independencia, pero qué pocos ¡cambios en la sociedad…! Este proceso electoral, que nunca termina, nos lo ha demostrado otra vez…

Poblaciones enteras de los andes que siguen sin servicios básicos, sin carreteras, sin escuelas de calidad y, claro, sin internet ni WhatsApp, y, junto a ello un Estado que solo les mira como simple estadística, como se demuestra en la publicación anual del llamado “Mapa de la Pobreza” que, desde hace cincuenta años sigue siendo el mismo: que si Huancavelica, que si Apurímac, que si Ayacucho, que si Cajamarca y los bolsones de pobreza en la Amazonía y en los gran centros urbanos… el INEI lo publica y no pasa nada…

Poblaciones de la costa que viven relativamente mejor, con servicios completos, con carreteras, con internet y WhatsApp, mirando, lógico, siempre al mar y no a los Andes de donde vienen la mayoría de alimentos para sus hogares, celebrando sobre todo en Lima, las fiestas de otros, con su “Halloween” o, cada vez más, el Año Nuevo Chino…

Una economía que permanece siempre anclada en la minería y en la informalidad a pesar de que la mayoría “raja” tanto de una como de la otra, pero que siguen siendo absolutamente necesarias para la subsistencia ya sea del Estado como de la gente, sin industria nacional y con algo de agroindustria y de gas para la exportación.

Unos poderes que se mantienen también por siglos, con mínimos cambios, con falta de visión y de proyecto nacional, individualista, cortoplacista, sin querer participar, ya sea por conveniencia, ya sea por simple ociosidad, en la marcha de América Latina y en la globalización mundial, prefiriendo, con las raras excepciones, no arriesgar sino utilizar la corrupción.

Y unos dirigentes que tampoco cambian, inclusive aquellos que se presentan como diferentes, y que, antes que canta un gallo, se han vuelto igual que aquellos que critican, y lo hacen en todos los aspectos sociales y políticos: en su ideología y modo de pensar, en su relación con la ciudadanía, en la utilización de recursos públicos, en su desprecio real por el desarrollo y por la educación incluyendo su propia formación, pobre de verdad, sin iniciativas de carácter nacional o global…pobreza intelectual que transmiten a sus dirigidos, manteniendo esa línea plana de la mediocridad.

Y por último, aunque no menos importante, una ciudadanía sin compromiso, acostumbrada a pasar o a dejar la responsabilidad en otros, a caer fácilmente en las trampas del apoliticismo, de hacerse el muertito, de venerar a la camiseta de la selección y no a la bandera nacional, y desconfiando unos de otros como nos lo ha recordado el barómetro latinoamericano una vez más.

La campaña electoral nos lo ha vuelto a demostrar.

Sin embargo y por encima de este aplanamiento social, el Perú sigue adelante, hay mucha fuerza innata en todos nosotros que nos hace sobrevivir día a día pero que no nos atrevemos a sacarla afuera para pensar en grande, para trabajar unidos, para comernos el mundo entero…hace más de 100 años nos lo gritaba González Prada: “No carece nuestra raza de electricidad en los nervios ni de fósforo en el cerebro; nos falta, sí, consistencia en el músculo y hierro en la sangre”. (1) Tenemos todo, propongámonos de una vez objetivos grandes para nosotros, para nuestras familias, para todos los ciudadanos, para el Perú.

Terminemos con la mediocridad, utilicemos de una vez la electricidad de nuestros nervios y el fósforo de nuestro cerebro. Comprometámonos todos con el Perú del tercer centenario.

(1) Discurso en el Politerama (1909).

(*) Exalcalde de Villa El Salvador.