Rosa Palacios

Rosa María Palacios

Contracandela
Lima, 1963. Abogada por la PUCP y Máster en Jurisprudencia Comparada por la Universidad de Texas en Austin. Su área de especialización es el periodismo político y divulgación jurídica con más de veinte años de experiencia en televisión, radio y prensa escrita. Es docente de la PUCP en la facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

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Poquita fe

“Tal vez el lunes podamos empezar a construir un país mejor, pero ‘comprende que mi amor burlado fue ya tantas veces que se ha quedado al fin, mi pobre corazón, con tan poquita fe’”.

Mientras pasan las horas de hoy y millones de peruanos van a votar nos acercamos a ese fin incierto que tiene toda campaña. Encuestas prohibidas y conocidas de boca a boca (o de WhatsApp en WhatsApp) no suprimen el suspenso, la ansiedad, las pasiones o la adrenalina. ¿Es posible que la pandemia haya vuelto un poco loca a personas antes cautas y que desconocían la impertinencia? ¿Este largo encierro sin esperanzas hizo que aflorara mucho más de lo peor, que de lo mejor, de los seres humanos? He visto broncas que me hubiera gustado ahorrarme, pero creo que los que más han sufrido son sus protagonistas. Palabras como ponderación, sensatez, cautela, introspección, paciencia, racionalidad se perdieron cuando el 80% de los electores no se vio representado en ninguna opción y se les fue la vida pensando cuál era la peor.

La primera vuelta dejó al país en escombros. No solo porque votamos los días de más alto registro de muertes de toda la pandemia, sino porque sus resultados reflejaron un concurso entre pigmeos. Sobre esas ruinas hay que construir hoy un ganador presidencial. Así, como dice el bolero, con poquita fe vamos a votar. Hoy, más para evitar lo que para cada uno puede ser un desastre, que con la alegría de saber que construyes algo.

Gane quien gane, recibe un país desolado. Un duelo no cerrado de 180.000 muertos, la gran mayoría sin una despedida apropiada de sus deudos. Mucha ira acumulada hay hoy en este proceso. Un país que sobrevivió a tres presidentes hace apenas seis meses, con una crisis política que, contra toda esperanza, tal vez acabe hoy. Una economía en ruinas, bombardeada por la parálisis obligada por el Estado el 2020 y sus severas consecuencias el 2021. Gane quien gane, si no entiende que la economía (el hambre) es el más potente incentivo para movilizar a un país que no quiere perderlo todo, cuando ya perdió mucho, no va a durar mucho en el cargo.

En un día como hoy vale la pena recordar que, pese a todo el pesimismo que nos arrastre al local de votación, no estamos eligiendo a un rey. Ni a un dictador. Ni a un verdugo. Es verdad que nuestra joven república nos ha dado presidentes de ese talante, pero si de algo sirve la democracia es justamente para ponerle límites al poder. Son los otros poderes del Estado y la propia ciudadanía organizada la que debe activarse desde el inicio de este nuevo mandato que debe durar cinco años y solo cinco años.

Paciencia infinita se requiere en las próximas horas. Pese a la nefasta campaña de desinformación contra las autoridades electorales, tenemos un proceso muy bien organizado, limpio, transparente y justo. Gane quien gane, el resultado se tiene que respetar. Pretender ganar el partido matando al árbitro no solo es un error; la violencia electoral es un delito que tiene que ser severamente reprimido y sus responsables expuestos. El daño que pueden hacer es enorme y es deber de todo ciudadano prevenirlo y no contribuir a la difusión de falsedades. El proceso electoral tiene una correcta y múltiple observación electoral, registrada hasta un mes antes de la primera vuelta, que garantiza la corrección de las autoridades.

Solo queda ir puntualmente a votar, sin aglomerarse, con doble mascarilla, DNI y lapicero en mano, rogando a Dios que, sea lo que sea, no sea nuestra peor pesadilla. Tal vez el lunes podamos empezar a construir un país mejor, pero “comprende que mi amor burlado fue ya tantas veces que se ha quedado al fin, mi pobre corazón, con tan poquita fe”.

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