Irma Del Águila

Irma Del Águila

Por ahí
Socióloga y narradora. Exdirectora académica del programa “Pueblos Indígenas y Globalización” del SIT. Observadora de derechos humanos por la OEA-ONU en Haití. Observadora electoral por la OEA en Haití, veedora del Plebiscito por la Paz en Colombia. III Premio de Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro por “El hombre que hablaba del cielo”.

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Chile, tan cerca, tan lejos

“En Chile, ha costado años imponer un ‘cambio cultural’ que cuestione el modelo neoliberal”.

En Chile, la victoria de la izquierda en estas elecciones “es superior a la de Allende” en 1970, decía Tomás Mosciatti, de Radio Bio Bio. Con la “captura” de Santiago por el Partido Comunista, vienen los memes. La gente ha rebautizado los barrios. Las Condes pasa a llamarse “Lavingrado” (por Lavín, su alcalde conservador), Cerro Navia, “Yugosnavia”; Lo Prado, en adelante, “Lenin Prado”. Iraci Hassler se ha impuesto en la capital, y no por poco, sino por 45%.

La elección Constituyente no ha sido menos aplastante: ganaron los independientes y partidos de izquierda. En conjunto, la derecha oficialista agrupada en Chile Vamos y la Democracia Cristiana no suma ni el tercio indispensable para vetar las resoluciones de la Convención. De Chile Vamos pasaron a “Chile vámonos”.

En Perú, se hacen comparaciones con lo visto en Chile. A veces, se abusa del símil. Cierto, el candidato de izquierda, Pedro Castillo, encabeza la intención de voto en segunda vuelta. Pero recordemos que ha ganado con 18% de votos emitidos, la más baja en una elección presidencial, desde la imposición del sufragio universal. En el Congreso, la derecha no solo tendrá amplia mayoría, sino que en el hemiciclo se escucharán posiciones reaccionarias, tanto de derecha como de izquierda (Estado confesional, no al enfoque de género ni a las diversidades sexuales, etc.), en franco retroceso en el sur.

En ambos países avanza una voluntad de cambio constitucional, en lo que atañe al fin del rol subsidiario del Estado. Cierto. Aunque allá ese sentimiento ya es mayoritario en las calles y en las urnas. En nuestro país se viene gestando. Si nos atenemos a los resultados del 11 de abril, la propuesta suma un cuarto de los votos. No es poco, pero no basta; todavía.

No olvidemos, en Chile, las elecciones pasadas son el desenlace de un proceso político que se arrastra desde octubre del 2019, e incluso antes: muchos de los “pingüinos” que salieron a las calles en 2006, exigiendo la reforma de la educación son, el día de hoy, los ciudadanos veinte y treintañeros, independientes, dirigentes algunos, que empujan y votan la Convención. En Chile, ha costado años imponer un “cambio cultural” que cuestione el modelo neoliberal, anota Mosciatti. Es el espesor del proceso político chileno que no se aprecia en el Perú.

Las posiciones fundamentalistas que irrumpen en nuestro país exponen un proyecto de Estado laico inconcluso. En Chile, la separación entre Iglesia y Estadodata de 1925, en Perú, desde la Constitución de 1979.

El término “explosión social” en Chile lleva con frecuencia a error: los cambios radicales no se producen solo porque la gente “tome” la calle. La protesta expone procesos duraderos de transformación –exacerbados con la pandemia, pero ya en curso–, que van madurado políticamente entre los ciudadanos y al interior del Estado.