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Crujió la cordillera

“La derecha no alcanzó un tercio de los votos, lo cual es significativo porque los acuerdos del proyecto constitucional deben realizarse por dos tercios de la asamblea”.

Por Marcel Lhermitte (*)

Las recientes elecciones chilenas dejaron mucho material de análisis de lo que acontece en el país trasandino, pero también genera insumos valiosos para todos los habitantes del continente latinoamericano.

Esta historia electoral puede remontarse hasta 1980 –o antes si se quiere–, cuando el 11 de setiembre de ese año la dictadura de Pinochet aprobaba la Constitución que sigue vigente hasta estos días. Tuvieron que pasar más de cuarenta años para que el pueblo chileno eligiera a la asamblea constituyente que se encargará de redactar la nueva carta magna que regirá su destino. Entre ese entonces y hoy pasaron muchas cosas: represión, desaparecidos, muertos, resistencias, retorno a la democracia, caída del tirano, un sistema político que fue transformándose en duopólico, hasta la aparición de nuevas opciones en las elecciones del 2017, movilizaciones estudiantiles y prácticamente un estallido social.

En resumen, los pasados 15 y 16 de mayo los chilenos fueron a las urnas, con el mandato de elegir a quienes redactarán la nueva Constitución –esta vez en democracia– y también para elegir por primera vez en su historia a los gobiernos locales, ya que estos eran designados legalmente por el presidente de la República.

Se eligieron 155 constituyentes en forma paritaria, de los cuales 35 corresponden a la derecha (Chile Vamos), 28 al pacto del Partido Comunista y el Frente Amplio (Apruebo Dignidad), 25 al de los sectores progresistas cercanos a la antigua Concertación (Apruebo) y 65 independientes, 17 de los cuales corresponden a pueblos originarios.

La derecha no alcanzó un tercio de los votos, lo cual es muy significativo, porque los acuerdos del proyecto constitucional deben realizarse por dos tercios de la asamblea, lo que implica que no tienen el peso real suficiente para hacer valer su posición, más allá del discursivo. Por el contrario, los sectores de izquierda sí alcanzan el tercio.

Los grandes triunfadores de la votación fueron los independientes, que mayoritariamente son gente que proviene del movimiento social, fuertemente opositores al gobierno de Sebastián Piñera, con un discurso rupturista y sobre los que se configura la incógnita de la capacidad de acuerdo que puedan generar en el debate con los representantes de los partidos políticos. Lo que sí es un hecho es que el nuevo proyecto constitucional emanará de las entrañas del pueblo chileno y que el articulado a presentar estará lejos de los postulados ideológicos que representa la administración de Piñera, y por ende más lejos aún del espíritu pinochetista de la actual carta magna.

Otra lectura importante es que los menos votados son los colectivos del antiguo duopolio: tanto la derecha como el pacto que aglutinaba a la mayoría de los integrantes de la vieja Concertación fueron los que recibieron menor adhesión.

También hubo sorpresas en la elección de los gobiernos locales, quizás la mayor fue el triunfo de la comunista Irací Hassler, de 30 años, como alcaldesa de Santiago, mientras que la gobernación de la Región Metropolitana de Santiago será dirimida entre dos progresistas: Claudio Orrego (Unidad Constituyente) y Karina Oliva (Frente Amplio).

De las 16 gobernaciones en solo tres hubo triunfo en primera vuelta –todos ellos progresistas–, mientras que las otras trece se definirán en balotaje y en la mayoría la izquierda es favorita. La coalición de derecha sí se hizo fuerte en las alcaldías, obtuvo 88 de un total de 345.

La pregunta del millón es cómo va a incidir esto en las próximas elecciones nacionales de noviembre. Las encuestas dicen que la actual administración de Piñera tiene un apoyo popular demasiado bajo –inferior al 10%– y que todos los colectivos de derecha en coalición no suman lo suficiente como para acceder a un gobierno nacional. La izquierda está en inmejorables condiciones para recuperar el gobierno.

(*) Consultor y asesor político.