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Castillo de arena

“El postulante del lápiz, además, se dice y se desdice tantas veces, que uno ya no sabe qué versión de sus postulados es la firme y cuál es la bamba...”.

“¿Debatir para qué?”, se pregunta Pedro Castillo en la entrevista publicada en La República que le hacen María Elena Castillo y Enrique Patriau. Y así se la pasa durante toda la conversación, sin decir nada, pese a la persistencia de los periodistas por arrancarle una idea, una propuesta, un nombre de su supuesto equipo técnico. “Vamos a darlo a conocer en su oportunidad”. “Lo dice el pueblo”. “No hablamos de estatización, sino de nacionalización”. Y en ese plan. Pedro Castillo es la encarnación del populismo irresponsable y demagógico en estado puro.

El postulante del lápiz, además, se dice y se desdice tantas veces, que uno ya no sabe qué versión de sus postulados es la firme y cuál es la bamba. Sobre la Defensoría del Pueblo, entidad que iba a cerrar, ahora resulta que solo hay que fortalecer. O reestructurar. Y muestra a cara descubierta la orfandad de su pensamiento. “La Defensoría del Pueblo, su mismo nombre lo dice, ¿lo ha defendido en esta pandemia?”, suelta como respuesta.

Y luego lanza un rosario de ideas trasnochadas y absolutamente chichas. Insiste con lo de la Asamblea Constituyente, como si ello fuese la prioridad número uno del país, y no la pandemia. Mantiene sus posiciones inflexibles respecto del enfoque de género y los derechos de minorías. Anuncia una campaña que suena a engañifa denominada “chapa tu corrupto”. Sugiere regresar a la cédula viva. Y su obtuso arcaísmo lo vuelve a enfrentar a aquel dilema del cual no sabe todavía cómo zafarse: “Nacionalizar no es lo mismo que estatizar”.

En fin. Solo se le escuchan promesas irresponsables que agravarán los problemas sociales y económicos que ya existen en el Perú. Pura chanfaina ideológica, es decir. Y algo no menos importante. Sigue sin desmarcarse de Vladimir Cerrón.

Claro. Cuando uno ve a la otra orilla, qué quieren que les diga, uno se empotra con el populismo autoritario de derechas, esa cosa naranja conservadora y mercantilista que tampoco es ningún consuelo. Así las cosas, ¿cómo no zozobrar en esta elección?

¿Qué maldito pecado estamos pagando para merecer tal encrucijada? Debe ser uno muy grande, pues nadie en su peor pesadilla soñó con este final. Un final que nos enrostra el fracaso del Estado peruano. Un Estado que debió ser desburocratizado y simplificado y fumigado hace muchísimos años, pero que ningún gobernante ha querido enfrentar.

El inmemorial divorcio entre el Estado y el pueblo peruano se ha agudizado como nunca en estos comicios. Sigue siendo débil e ineficiente, y no cumple con sus deberes básicos. Solo una reforma radical nos sacaría de esta situación de desgobierno, supongo. Pero claramente eso es algo que no ofrece Fujimori, y menos el improvisado del lápiz, quien parece enajenado por la ceguera populista.