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Terrorismo blando

“La aparición del llamado ‘terrorismo blando’, sostenido en discursos de odio, y la llamada ‘supremacía ideológica’ demanda un rechazo expreso”.

El sábado que pasó fuimos testigos de una conducta claramente vinculada al odio, su incitación y, peor aún, su “normalización”. Porque las enardecidas palabras del excandidato a la presidencia del Perú Rafael López Aliaga, en medio de la llamada “Marcha por la Democracia”, no pueden ser calificadas solo como retórica. Y menos en tiempos de Twitter y su potente resonancia.

Convengamos que ya existe evidencia que demuestra que los mensajes de las personas con influencia de opinión como líderes sociales o políticos tienen indiscutiblemente una alta capacidad de persuasión sobre sus seguidores.

Como bien lo reseña un interesante hilo de conversación en Twitter (ver @SomosPuentePeru), un estudio realizado por Parmelee and Bichard (2012) en Estados Unidos mostró que los tuits de políticos constituyen mensajes con un alto poder de convencimiento y que son percibidos como mensajes tradicionales de “cara a cara”. Es más, este tipo de tuits pueden generar una enorme cercanía emocional, que empodera al seguidor, con base en la emulación y/o admiración.

Ese empoderamiento puede tener respuestas inusitadas o descontroladas como las que vimos en enero de este año durante la toma del Capitolio. Al respecto, ya se ha demostrado que la incitación de Trump a la violencia fue comprendida por sus simpatizantes como un llamado a la acción.

Y cuando hablamos de incitación a la violencia, hablamos de todo tipo: desde la más directa, hasta la más simbólica –esa en la que se usa armas u otros artefactos, como machetes–. Lo relevante es entender que ya no se trata solo de palabras, y que, tratándose de contextos políticos, es necesario el rechazo frontal y explícito, en términos políticos también.

La aparición del llamado “terrorismo blando”, sostenido en discursos de odio, y la llamada “supremacía ideológica” demanda un rechazo expreso. Porque el silencio puede terminar justificándolo, o peor, equiparándolo a manifestaciones legítimas de protesta o malestar social.