Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no. Ver más: https://www.history.ucsb.edu/faculty/mendez/

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“Comunismo” versus democracia: una falsa dicotomía

“Cuando las campañas anticomunistas se llevan hasta sus últimas consecuencias, suelen terminar en golpes y dictaduras sangrientas, y allí está toda la guerra fría para probarlo”.

Un fantasma recorre Lima. El fantasma del comunismo. Luminosos carteles en la vía pública alertan sobre sus peligros y anuncian inminentes catástrofes: “miseria y pobreza”, pérdida de la “libertad”, la ruina de tu futuro y el de tus hijos. Una campaña que, azuzando el miedo, apela a votar por la candidata Fujimori –alias señora K– sin decir su nombre.

Los problemas de esta luminosa campaña son muchos. Para empezar, los carteles están hechos para favorecer a una de las dos partes en la contienda electoral, pero son anónimos y no mencionan a los candidatos por su nombre, lo que cuestiona su legalidad, por lo que extraña que la ONPE no se haya pronunciado.

Pero el problema de fondo, que quisiera resaltar aquí, es que el mensaje contra el “comunismo”, sea lo que se entienda por él, se plantea como una defensa de la “democracia”, si tomamos en cuenta la estrategia de Fuerza Popular en su totalidad, incluyendo el apoyo de la prensa afín y sus aliados políticos, empezando por el nobel Vargas Llosa. Fue él quien tempranamente llamó a votar por Fujimori “pues representa el mal menor y hay, con ella en el poder, más posibilidades de salvar nuestra democracia, en tanto que con Pedro Castillo no veo ninguna”, escribió. El nobel no dio razones, solo fórmulas tautológicas. Otro cruzado del fujimorismo, el excomandante el general de las Fuerzas Armadas y congresista electo por el partido Renovación Popular, Jorge Montoya, hizo más explícita la conexión entre anticomunismo y democracia, prometiendo promover “una ley para que los partidos comunistas no puedan participar en las contiendas electorales. En el Perú vivimos en democracia” añadió, “y ellos no creen en ella solo (sic) se escabullen para intentar llegar al poder”. Montoya fue uno de los oficiales que firmó la llamada “Acta de Sujeción” ante el exasesor de Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos, en 1999, cuyo objetivo era garantizar la impunidad a los jefes militares del régimen ante los inminentes juicios por violaciones de los derechos humanos. Vale acotar que una disposición similar a la que quiere impulsar Montoya existió en la Constitución promulgada por Sánchez Cerro en 1933, cuyo gobierno buscó legitimarse con elecciones y dicha Constitución, tras llegar al poder vía golpe de Estado. Otra arenga aun más macabra “por la democracia” y contra el “comunismo” la formuló el excandidato presidencial de Renovación Popular, Rafael López Aliaga, en un mitin del viernes 7 de mayo.

Pidió la muerte de sus opositores, mientras vivaba la democracia y repudiaba el “comunismo”: “Viva el Perú”, dijo, “viva la democracia, muerte al comunismo, muerte a Cerrón y a Castillo”. No hace falta mencionar a la propia lideresa naranja, cuya vocación autoritaria y antidemocrática es de todos conocida y para quien el fiscal ha pedido 30 años de cárcel por lavado, corrupción, obstrucción de la justicia y crimen organizado.

No existe pues ninguna asociación lógica entre democracia y anticomunismo. Lo que existe es una asociación ideológica. A estas alturas debe quedar claro, para quien quiera verlo, que lo que está en juego en los llamados de la campaña fujimorista a la “democracia” es la permanencia del modelo económico institucionalizado por la dictadura fujimontesinista en 1993, y sus consiguientes privilegios a los sectores más afluentes.

Pero la historia nos dice algo más. Cuando las campañas anticomunistas se llevan hasta sus últimas consecuencias, suelen terminar en golpes y dictaduras sangrientas, y allí está toda la guerra fría para probarlo. Sucedió en Guatemala en 1954, cuando el gobierno democráticamente elegido de Jacobo Arbenz fue derrocado con la complicidad de la CIA por ser “complaciente con los comunistas”, a lo que siguió una era de dictaduras con un saldo de 200,000 muertos, la mayor parte de ellos ciudadanos mayas. Sucedió en Chile en 1973, cuando Pinochet derrocó el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende, también con la complicidad de la CIA so pretexto de salvar la democracia de la “amenaza marxista”. La lista podría seguir.