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Los 10 años de dos hitos

“Debo confesar que no fue nada fácil llegar a concluir el acuerdo con Ecuador, pues a su afinidad con Chile, que venía de larga data, había que añadir cierto recelo...”.

Columnista invitado: José Antonio García Belaunde

El 30 de abril del 2011, invitados por Alan García, quien les había escrito una carta exponiéndoles una novedosa iniciativa para recuperar esa vieja, pero aún atractiva idea de unirse los latinoamericanos, se reunieron en Lima los presidentes Sebastián Piñera, Juan Manuel Santos, Felipe Calderón y lanzaron una nueva y ambiciosa iniciativa de integración. Dada la inminencia del cambio de gobierno, García invitó a Ollanta Humala y a Keiko Fujimori a reunirse con él y aquellos mandatarios para ser informados en detalle de la herencia que uno de ellos tendría que administrar y para que los nuevos socios tuvieran claro que el próximo gobernante peruano continuaría con esta nueva política de Estado.

Sospecho que la pregunta que muchos se hicieron entonces, ¿por qué una nueva integración? La respuesta fluye por lo que ocurría en la Comunidad Andina y en el Mercosur, ambos en crisis. La CAN había quedado malherida luego de la salida de Venezuela y del desacoplamiento de Bolivia y Ecuador de las negociaciones para un TLC con Estados Unidos y Europa y su proyecto de llegar a ser un mercado común agonizaba.

Por su lado Mercosur arrastraba su propia crisis con su zona de libre comercio mal funcionando y su unión aduanera dejaba mucho que desear, además los socios menores reclamando libertad, que los socios mayores le negaban, para negociar sus propios acuerdos comerciales con Estados Unidos o Europa.

Con esa situación, cuando asumí la Cancillería le planteé a García integrarnos con todas las naciones ribereñas del Pacífico. Después de varias reuniones, que poco avanzaron por la diversidad de países e intereses, coincidimos en que era mejor crear un grupo más pequeño, que estuviera basado en la afinidad de visiones y en similares compromisos internacionales, más que en la sola vecindad, que había demostrado ser insuficiente para profundizar la integración.

Con el objetivo de construir un espacio donde circulen libremente bienes, servicios, personas y capitales, se proclamó la Alianza del Pacífico, que tuvo éxito y rápido reconocimiento internacional. Pronto se convirtió en el proceso de integración más dinámico en la región.

Apenas dos días después de colocar este hito y luego de 13 meses de muy exhaustivas, bastante agotadoras y más que discretas negociaciones, el 2 de mayo, aniversario del combate del Callao, firmamos con Ecuador un acuerdo de límites marítimos. Con ello logramos dos objetivos; que nuestro vecino no concurriese a la corte de La Haya para apoyar a Chile, como este se lo venía exigiendo habida cuenta que por años ambos países mantuvieron una estrecha coordinación en este tema; y dejar sin sostén el argumento, esgrimido por Chile, que la Declaración de Santiago, firmada en 1952 por ese país, entre Ecuador y Perú, fuera considerada un tratado de límites marítimos a todo efecto.

Debo confesar que no fue nada fácil llegar a concluir el acuerdo con Ecuador, pues a su afinidad con Chile, que venía de larga data, había que añadir cierto recelo de muchos ecuatorianos de tratar con el Perú un tema de límites, aunque fuesen marítimos. Sin embargo, el buen nivel de entendimiento e integración entre nuestros gobiernos, generado por las reuniones de gabinetes binacionales, que nosotros establecimos, sirvió para superar desconfianzas. También contribuyó la relación afectuosa y de confianza de los presidentes Correa y García, quienes en el aeropuerto de Santa Rosa abordaron el tema en una conversación que fue franca y por momentos áspera (*), pero sirvió para desbloquear la negociación.

Dos hitos para conmemorar.

— (*) Algún miembro de la comitiva peruana, ya en el avión, jura haber escuchado ecos altisonantes de esa discusión.