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La partida de Rafael Roncagliolo es una pérdida para el Perú y la democracia.

Rafael Roncagliolo fue, sin duda, uno de los peruanos contemporáneos más ilustres. Un hombre de ideas y de acción a quien consumía el fuego del Perú y quien siempre tenía una causa justa que defender, una batalla de ideas que emprender, un compromiso que sacar adelante.

Periodista, comunicador, analista político, diplomático, académico, maestro, fueron algunas de las facetas de un ser humano, que además tuvo el carisma y la empatía para ser amigo de sus innumerables amigos y un noble contendor con quien era posible conversar y llegar a acuerdos.

Roncagliolo no solo se adaptó a los cambios del nuevo siglo, nunca dejó de estar en la vanguardia de pensamiento como el hombre moderno e ilustrado que era, maestro de la estrategia, el analista internacional que cumplió a cabalidad cuando fue requerido como canciller en tiempos de nuestro reclamo ante La Haya.

Dotado de una profunda inteligencia de la que hacía gala para escuchar con atención, Roncagliolo, como comunicador social, logró integrarse al movimiento que impulsó el pensamiento crítico latinoamericano representado por Paulo Freire, José Ramiro Beltrán, Antonio Pasquali, entre otros. Era la época en que el continente daba pasos hacia la descolonización del pensamiento y un gigante como Gustavo Gutiérrez sentaba las bases desde la mirada del oprimido, con su teología de la liberación.

Abrazando otra de sus grandes pasiones, la política, fue el primer secretario técnico del Acuerdo Nacional, uno de los pilares de nuestra institucionalidad. La gran inestabilidad política por el fin del fujimorato lo encontró a cargo de Transparencia, organización que dio una dura batalla por la legalidad y la democracia.

Su labor diplomática no pudo ser más oportuna, ya que estuvo a cargo de Torre Tagle en tiempos de gran tensión previos al fallo de La Haya, primero para sostener las políticas y el equipo de trabajo que los dos gobiernos previos habían trazado y que se mantuvieron hasta conocer el fallo; y para establecer acuerdos con Chile, en un clima de distensión.

Como columnista de La República, aportó su reflexión y su optimismo hasta pocos días antes de su partida. “No todo está perdido”, último título de su columna semanal, es un fiel reflejo del pensamiento de un hombre singular, cuya pérdida la democracia y el Perú lamentan.