Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

Más columnas

Ramiro Escobar

Sombrero viajero17 Set 2021 | 5:11 h

Ramiro Escobar

Vientos peligrosos03 Set 2021 | 6:07 h

Ramiro Escobar

Afganistán: una derrota cultural20 Ago 2021 | 5:16 h

Ramiro Escobar

Se partió Nicaragua06 Ago 2021 | 17:21 h

Una crisis modélica

“Nuestras economías eran, y son, burbujas donde puedes comprar ropa de marca y a la vez tener una educación bamba. Ese modelo es el que está en cuestión...”.

Si quisiéramos vivir más tranquilos podríamos imaginar que la tormenta político-social que vivimos en el Perú es solo algo episódico, apenas un espasmo que pasará luego de las urnas, cuando todo presuntamente vuelva a la tranquilidad. Pero lo más probable es que allí solo comience y que luego vengan más capítulos, similares o aún más tormentosos.

Porque lo que estamos viviendo acá no es un mero accidente acaecido sobre nuestros Andes con ecos en la costa y en la Amazonía. Es una crisis regional, incluso mundial y sistémica. Echen una mirada a las furiosas protestas en Colombia, debido a una reforma tributaria que soltará el mazazo especialmente sobre la clase media. O a lo que sigue ocurriendo en Chile. Santiago y otras ciudades, que hoy lucen algo más serenas debido a la impronta del nuevo coronavirus, mantienen comprimida su indignación, en parte también porque ya tienen al frente las elecciones para una Convención Constitucional (15 de mayo) y unos comicios presidenciales (21 de noviembre). El barrio está movido, la política no está de vacaciones.

Hacia donde uno mire el gran epicentro es la desigualdad social, ese asunto del que no se quería hablar mucho, ese problema que se pretende dulcificar hablando de “inclusión social”. Miren qué casualidad que entre los países más desiguales del mundo, según el Banco Mundial, están precisamente Chile y Colombia, epicentros de las protestas más constantes.

También Honduras, esa nación que se ningunea hasta el infinito, pero que tiene a más del 50% de su población en estado de pobreza. Y Brasil, el denominado gigante sudamericano ahora encogido de dolor por los cerca de 400 mil muertos provocados por la pandemia, y que vive igualmente cruzado de tensiones por la actitud de Bolsonaro, su febril presidente.

Es cierto que la economía liberal bajó los niveles de pobreza en los últimos años, incluso en el Perú. Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), en el 2014 la pobreza extrema alcanzaba al 7,8% de la población de la región. Pero en marzo pasado el mismo organismo informó que ahora alcanza al 12,5%. Eso sumaría más de 81 millones de personas, sobre un total de 650 millones. Y fue la pandemia la que acabó con el encanto, sí. Fue este tsunami de contagios el que hizo naufragar a un sistema de salud frágil hasta el escándalo en varios países, como el nuestro, donde al comienzo de la crisis sanitaria había poco más de 100 camas UCI para flotar en la tragedia.

¿Por qué, más que las cifras, no cuadra la realidad? Hay una sensación que comenzó a flotar en Chile hacia el 2019, se desplazó hasta Ecuador y Colombia, y ahora parece rondar en nuestra turbulenta carrera electoral: crecer económicamente no implica que todos vivan mejor. Puede significar que tengas un mall para deslumbrarte y cerca de él un hospital para ni morirte.

Nuestras economías eran, y son, burbujas donde puedes comprar ropa de marca y a la vez tener una educación bamba. Ese modelo es el que está en cuestión, y no es solo económico; al mismo tiempo es social, es político, es cultural. Es una forma de vida que se comienza a quebrar tanto que, hasta en Estados Unidos, Joe Biden se dirige hacia un norte de reformas sociales.

El disparo del virus desnudó más al rey que ya mostraba su decadencia, al punto de que ya en el 2011 el Banco Mundial y el FMI, dos organismos nada sospechosos de ‘caviarismo’ o ‘social confusión’, publicaron un informe titulado “Por qué la inequidad nos desequilibra”. Hace 10 años, en suma, esto ya se nos venía encima.

La crisis actual es, por todo esto, modélica. Nos va a servir de modelo justamente para saber que no hay ningún modelo congelado en piedra. Que todos son perfectibles, o transformables, y que el actual no tiene por qué convertirse en el monstruoso Frankestein venezolano. Bastaría con que pongamos el bienestar social en la estructura, no en el patio trasero.