Pilar Ortiz de Zevallos

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Mirando al Bicentenario

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Plantar árboles de quina

Esta semana se celebró el Día de la Tierra y hemos visto en nuestra Plaza Mayor, y en otras plazas principales del país, cómo nuestras autoridades han sembrado plantones del emblemático árbol de la quina, que simboliza, en el escudo nacional, la riqueza existente en nuestra flora nativa. Su valioso aporte curativo se debe a sus propiedades antipiréticas, antipalúdicas y analgésicas. De su corteza (cinchona officinalis) se extrae la quinina, alcaloide base de la primera droga antipalúdica en el mundo. Burns, premio nobel de química en 1965, consiguió sintetizar la quinina en 1944.

La quinina, conocida en el Perú y Ecuador desde épocas prehispánicas, formó parte de diversos saberes tradicionales para curar dolencias. Su introducción a occidente fue debido a los jesuitas y estuvo asociada a la condesa de Chinchón (1631), esposa del virrey Cabrera y Bobadilla. Afectada de malaria, logró curarse gracias a los sacerdotes, quienes, conocedores de las virtudes curativas de su corteza, prepararon una infusión con polvo de quinina, clavo, jarabe de hojas de rosas y otras plantas secas. Durante el siglo XVII, los jesuitas llevaron la quinina a Europa y en el transcurso del siglo XVIII fue estudiada por expediciones científicas europeas. Humboldt advirtió su peligro de extinción debido a su demanda.

La quinina curó de tercianas y malaria al Ejército Libertador acantonado en Huaura. El envío de cartas que San Martín hizo a la Intendencia de Trujillo pidiendo quinina dan cuenta de ello.

Revalorizar y proteger el árbol de la quina forma parte del Proyecto Nacional del Bicentenario. Para evitar su extinción, y como reconocimiento a su aporte en la gesta de nuestra independencia, se ha programado reforestar miles de hectáreas y se han creado los viveros del Bicentenario.

Aportamos la quinina al mundo, pero hoy en nuestro país no terminamos de combatir la malaria. Cuidar nuestra salud, nuestra flora, nuestro medioambiente son tareas impostergables.