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Sobre Biden y el Grupo de Lima

“Se mantiene el reconocimiento a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, a pesar de que, tanto jurídica como factualmente, es ahora un verdadero escollo...”.

Esta semana, el presidente Biden ha cumplido tres meses de gobierno. La próxima habrá concluido sus primeros cien días. Procede esbozar un balance inicial de su gobierno.

Biden empezó cumpliendo relevantes promesas de campaña: la primera fue el regreso al Acuerdo de París, que confirma su compromiso en la lucha contra el cambio climático. En la misma jornada inicial, decidió la vuelta de EEUU a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Medioambiente, salud y multilateralismo son buenos anuncios. Además, ha empezado a afianzar sus relaciones con Europa y Japón, imbuido en la misión que los EEUU se han autoimpuesto, de detener el avance chino en la esfera internacional. Nada más elocuente que la muy reciente visita del jefe del gobierno japonés a Washington DC, primera visita de Estado al presidente Biden, en la que mucho se ha hablado de China y hasta se ha esgrimido la amenaza de armas nucleares.

Pero, tres meses después de aquella inauguración, y en lo que toca a América Latina, parece que hay más continuidades que cambios. Al menos, hasta ahora. No hay atisbos de genuina novedad. Se mantiene el reconocimiento a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, a pesar de que, tanto jurídica como factualmente, es ahora un verdadero escollo para solucionar la crisis humanitaria y económica de su país. Y para llegar a unas elecciones justas y limpias. Lo que requiere el diálogo con todas las partes.

Por otro lado, Juan Sebastián González, asistente especial del presidente y director principal del Consejo Nacional de Seguridad para el Hemisferio Occidental, ha anunciado que “Joe Biden no es Barack Obama cuando se trata de la política hacia Cuba”. Se insinúa que Obama fue solo un paréntesis. Sesenta años después de la invasión a Bahía Cochinos, EEUU es incapaz de aceptar el hecho de la Revolución Cubana, como lo ha recordado Peter Kornbluh en The Nation del 16 de abril. Emulación de España, que tardó 60 años en reconocer la independencia del Perú. Ojalá no sea así.

Pero, igual, los tiempos han cambiado. América Latina necesita superar la época de Trump. Hay que evitar la subordinación a los Estados Unidos o a cualquier otra potencia. Y desplazarse más allá de los límites del Grupo de Lima, que no ha conseguido nada en Venezuela.

La verdad es que el Perú, en esto, no ha seguido la trayectoria de lo que fue el llamado que hizo Carlos García Bedoya, con el Pacto Andino, a reconocer a los sandinistas como parte beligerante en Nicaragua. Un llamado crucial para neutralizar los intentos de algunos sectores de EEUU que querían mantener el régimen de Somoza y evitar el triunfo sandinista (eran unos tiempos en los que nadie podía imaginar lo que ahora ha venido a significar Ortega).

Tampoco el Grupo de Lima se ubica en la perspectiva del Grupo de Apoyo a Contadora, promovido por Allan Wagner. En ambos casos se trató de buscar una solución latinoamericana, no alineada. Era la línea de Raúl Porras, oponiéndose al aislamiento de Cuba; y de Fernando Belaunde, apoyando a Argentina, cuando la Guerra de las Malvinas.

Con el Grupo de Lima, en cambio, se ha producido un alineamiento con los EEUU, luego de que esta potencia no pudo utilizar a la OEA para acelerar el derrocamiento de Maduro. Aunque el Perú se haya opuesto a una intervención militar, de lo que se puede estar seguro, ha terminado innecesariamente identificado con las posiciones duras de Brasil y Colombia. Y, a diferencia de lo que ocurrió con las iniciativas de García Bedoya y Wagner, no ha tenido éxito.

Seamos claros: el Grupo de Lima, tal como está hoy, ha correspondido a los tiempos de Donald Trump. Ahora, no cabe quedarse a la espera de lo que diga Biden. Es urgente recuperar una política latinoamericana autónoma y no alineada. Esta será, sin duda, tarea primordial del próximo gobierno.