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Entre dos ruinas

“Ergo, si Keiko quiere obtener el favor de los indecisos, pues tiene que salir a conquistar esos votos. No metiendo más miedo sobre el comunismo que se instalaría con Castillo...”.

Pedro Castillo significa la ruina económica y el descalabro institucional. Su visión estatista y de extrema izquierda no resolverá el problema de la pobreza en el Perú. Lo agudizará. No dudo de sus buenas intenciones. Tampoco creo que sea un mal tipo o el Cuco Nacional. Pero su idiosincrasia estatista, anacrónica, que postula que el desarrollo y la justicia se alcanzan socializando los medios de producción, controlando las actividades económicas, o regulando a la prensa, nos conduciría más pronto que tarde a una dictadura en plan Velasco.

No obstante, su contundente victoria nos ha vuelto a restregar en la cara que el Perú no es un país, sino varios, con un mosaico de culturas en el que las desigualdades, la exclusión, la miseria y la ausencia del Estado son problemas que, lejos de acercarse a una solución, siguen siendo acuciantes y apremiantes.

Por su parte, Keiko Fujimori encarna la ruina ética y moral. Su talante prepotente, autoritario y antidemocrático, que no está demás recordarlo, nos ha conducido a la actual crisis política, no la hace mejor que Castillo. Y si a ello le añadimos su condición de estar salpicada gravemente por la corrupción, según las documentadas acusaciones sobre lavado de activos, no mejora su perfil.

Como escribió el ciudadano Eduardo Quintanilla en su muro de Facebook: “El miedo nos fuerza a tomar malas decisiones. Que se den la chamba, ambos (Castillo y Fujimori), de ganarse nuestros votos. Que ninguno lo sienta asegurado. Es la única forma de que ambos tengan que negociar, ceder y garantizar condiciones mínimas de gobernabilidad”.

Castillo ya adelantó que no lo va a hacer. Ergo, si Keiko quiere obtener el favor de los indecisos, pues tiene que salir a conquistar esos votos. No metiendo más miedo sobre el comunismo que se instalaría con Castillo, o polarizando más, sino con garantías y compromisos democráticos. Como los que le exigió Mario Vargas Llosa.

¿Por qué? Porque ya sabemos cómo es Keiko Fujimori con poder: arrogante y caprichosa. Cuellierguida e intemperante. Y le importan un bledo las instituciones. Por eso me enervan los comentarios en las redes de los asustadizos y sobresaltados ante Castillo, escribiendo desde la piel de gallina, echándose a los brazos de Fujimori, firmándole cheques en blanco, dándole carta abierta sin exigirle ningún tipo de condicionamiento, postulándola como la única salvadora del país.

Vuelvo a citar a Quintanilla: “No pienso convencer a nadie de votar por ella. Ella es la que tiene que convencerme a mí, y a los que piensan como yo, de darle mi voto. Porque no pienso regalar mi voto”.

Sin señales claras por parte de Fujimori, su antivoto se mantendrá incólume. Y perderá, como siempre.