Eloy Jáuregui

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Piano de letras

“Y contra el fujimorismo, guardo fiero afecto por los trozos de cielos bucólicos que desfilaban entre la espesura de las coplas de Jorge Manrique hasta las crispadas borrascas −en el mismísimo corazón de las tinieblas− de Joseph Conrad”.

Seré castizo esta vez aunque los tiempos no están para festejos. No obstante, este 23 de abril debo advertir que se celebra el Día del Idioma Español y esto tampoco tiene de novedad. Pero cuando la fecha es reconocida por la ONU, pero no como festividad sino como apoyo a los programas y el desarrollo del multilingüismo y el multiculturalismo, así como crear conciencia entre los funcionarios, de la historia, la cultura, el desarrollo y el uso del español.

Pero cuando en el Perú los que trabajamos con las palabras agarramos energías y vigor, aparece la voz de Vargas Llosa que declara su apoyo a Keiko y con ello otorga soporte a la derecha cavernaria que se autodefine como democrática y liberal y que ahora suma su apoyo al fujimorismo autoritario, el más corrupto de nuestra historia. Y no hablo de Cervantes, ni Inca Garcilaso de la Vega, ni Ricardo Palma o César Vallejo, que deben estar revolcándose en sus tumbas, sino del efecto de las palabras del nobel en los escritores más jóvenes y en los maestros que trabajan con las letras y las literaturas.

Tras cuernos palos decía entonces, que ante los resultados electorales últimos no podemos defendernos de la pandemia y sumamos más y más a nuestros muertos. Entonces solo me queda recordar que en la fecha también se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor fijada por la Unesco desde 1995. ¿El libro? ¿Sabrán los trogloditas de nuestra fauna política a qué me refiero? No creo. Si de solo oír la palabra cultura se espantan arguyendo que eso no se vende ni se come.

“Y que cada cual cuide de su entierro que imposibles no hay”. Que así decía el viejo Jorge Amado y ahora lo recuerdo como homenaje a los libros y los libreros como mi padre, como Humberto Damonte y Mejía Baca. El libro. Aquel artefacto cálido y entrañable como una mujer amada: el libro que habita entre nosotros y que me hizo infante omnívoro en librerías y bibliotecas desde sus escaño de sempiternos universos igual que desmesurados y laberínticos a la manera de Borges.

Y contra el fujimorismo, guardo fiero afecto por los trozos de cielos bucólicos que desfilaban entre la espesura de las coplas de Jorge Manrique hasta las crispadas borrascas −en el mismísimo corazón de las tinieblas− de Joseph Conrad. El tiempo detenido, el espacio sin confines. Las imágenes y metáforas de la poesía, las sombras chinescas de la novela, el sustrato incombustible del ensayo. Fui feliz, cierto, y hoy no lo soy.