Rafael Roncagliolo

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No esta todo perdido

“Lescano y Mendoza eran quizás el verdadero centro geométrico y moderado. Quienes se empeñaron en satanizarlos, tienen ahora que enfrentar a la izquierda dura...”.

El profesor Pedro Castillo, con el vetusto leninismo de Vladimir Cerrón, ha tenido la votación más alta de la primera vuelta. Pero no la ha ganado. Tampoco la derecha autoritaria, con el 36% de Fujimori, López Aliaga y De Soto sumados. Menos aún la izquierda socialista y democrática de Verónika Mendoza, que bordea el 8%. Ni el centro de Lescano, Forsyth y Guzmán. Estos tres, juntos, apenas alcanzan a Castillo.

Lo que esta inédita dispersión ha generado es una segunda vuelta polar. Ya no entre mocos y babas, como en el 2016. Esta vez hay que elegir entre extremos, ambos minoritarios. Será como navegar entre Escila y Caribdis. Lescano y Mendoza eran quizás el verdadero centro geométrico y moderado de este proceso. Quienes se empeñaron en satanizarlos, tienen ahora que enfrentar a la izquierda dura de Castillo.

Ambos finalistas parten mal. Pedro Castillo ha logrado aglutinar a un bolsón de peruanos excluidos, muy explicablemente descontentos de los políticos. Y hasta de la democracia. Para quienes ni el Tribunal Constitucional ni la Corte Interamericana de Derechos Humanos tienen mayor importancia.

El profesor Castillo merece ser felicitado por este logro. Pero no es un punto de partida suficiente para conquistar al 31% adicional que no votó por él y que necesita para ganar. Su protagonismo en la infausta huelga magisterial del 2017, ¡apoyada por el fujimorismo!, es casi el único dato conocido de su currículum. Un personaje nuevo. Pero sus escasos antecedentes, sus compañías y sus mensajes merecen fundadas suspicacias y sospechas. Por decir lo menos.

También Keiko Fujimori debe ser felicitada. Mantener un 13% de los votos, a pesar de todo lo que representan su pasado remoto, ¡y el reciente!, es todo un mérito. Su trayectoria avisa que, de ser elegida, se afianzará el Perú privatizado, mercantil y corrupto, que hoy sufrimos.

Sin embargo, ni Castillo ni Fujimori podrán realizar todo lo que planean y anuncian. Es lógico esperar que, en el Congreso, actúe una fuerza multiforme, minoritaria, pero racional y sensata, compuesta por parlamentarios de Juntos por el Perú, el Partido Morado, Acción Popular y algunos más, que puedan servir de freno, al lado de las organizaciones sociales y los jóvenes.

Estos dos elementos, el parlamentario y el ciudadano, son indispensables para que el país no se descalabre. Y para preparar, desde ahora, no mañana, un mejor destino mediato. Un destino de verdad republicano.

Mientras tanto, para ganar y para gobernar, tanto el uno como la otra necesitan una convocatoria mucho más amplia. Keiko necesitaría olvidarse de su padre y tratar de regresar a su imagen de Harvard, a ver si consigue que los electores se lo crean.

Su elección tendría un sabor aun más amargo que el de la segunda elección de Alan García, en el 2006. Y proyectaría al mundo la imagen de un Perú desquiciado, otra vez incomprensible.

Castillo, por su parte, tendría que asumir las propuestas, más viables, de quienes proponen cambios sustantivos, pero no traumáticos. Y tendría que conquistar la confianza, sin hojas de ruta de por medio. Y abandonar, además, los excesos misóginos y homofóbicos de su discurso conservador. No será fácil para ninguno de los dos. Las biografías y prontuarios pesan. La desconfianza es un ingrediente inevitable y bien fundado en el Perú de hoy.

Por último, el 11 de abril debe ser celebrado por la derecha, no por los resultados peruanos, pero sí por los ecuatorianos y bolivianos. Por el triunfo de un banquero conservador en el Ecuador y por las derrotas del MAS en las elecciones subregionales bolivianas. Pero, claro, el calendario electoral de este año no se ha terminado. No solo falta la segunda vuelta peruana. También las dos elecciones chilenas: las de constituyentes, en mayo, y las generales, en noviembre.