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El mal menor

“La disposición a votar por un mal menor es más fuerte al inicio de la campaña por la segunda vuelta, pero luego empiezan a pasar cosas. Los dos candidatos empiezan a tratar de adecuarse al clima del electorado…”.

Para una enorme mayoría de votantes esta segunda vuelta será la vuelta de la idea del mal menor. A primera vista es una opción pragmática, pues no se está votando por quien se considera el peor. Pero en verdad son muchos los que en esa nueva elección se sentirán entre la espada y la pared o, como en la imagen de Mario Vargas Llosa, entre dos enfermedades terminales.

¿Hay alternativas? Una de ellas es resignarse a que ya el daño está hecho, y no votar, o votar en blanco. Pero esto no evitará que alguno de los candidatos que percibimos como un mal, mayor o menor, triunfe. Quienes actúen así pueden ser vistos como los malos perdedores de la pasada elección, que es un contrato cívico para dos vueltas.

De otra parte, cuando decimos un mal menor se está diciendo también un mal preferido. Es decir el candidato que menos daño puede hacer desde el punto de vista del elector, el más proclive a cambiar en un sentido positivo para ese votante. Esto vendría a ser algo así como jugarse un obligatorio huachito político.

Ya hemos visto casos de este tipo de lotería. Tanto Alberto Fujimori 1990 como Ollanta Humala 2011 terminaron aprobados por muchos de quienes votaron furibundamente contra ellos. Con Alan García 1995 ocurrió exactamente al revés. De modo que la definición precisa de los males en segunda vuelta exige una bola de cristal, y un ojo de lince.

La disposición a votar por un mal menor es más fuerte al inicio de la campaña por la segunda vuelta, pero luego empiezan a pasar cosas. Los dos candidatos empiezan a tratar de adecuarse al clima del electorado, a hacer alianzas con políticos que tienen sus propios seguidores, o a asumir compromisos que pueden colocarlos bajo una nueva luz.

Así, a ciertas alturas de la campaña, mucha gente habrá olvidado que pronto optará por el mal menor. Simplemente se verá votando para evitar el triunfo del mal mayor, en última instancia un motivo para celebrar. Pero da la impresión de que algo se habrá perdido por el camino, y que a una pequeña porción de la voluntad popular el sistema electoral le ha torcido el brazo.