Rosa Palacios

Rosa María Palacios

Contracandela
Lima, 1963. Abogada por la PUCP y Máster en Jurisprudencia Comparada por la Universidad de Texas en Austin. Su área de especialización es el periodismo político y divulgación jurídica con más de veinte años de experiencia en televisión, radio y prensa escrita. Es docente de la PUCP en la facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

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Libertad sobre orden

“No se entiende la popularidad del orden (atomizado entre varios candidatos) sin el contexto de la pandemia”.

¿Qué escribir en un día lleno de prohibiciones? No se puede hablar de las encuestas que, cualquiera con una cuenta de Whatsapp o acceso a internet puede leer, pero están absurdamente prohibidas de difundir. La campaña electoral está terminada y estamos en un periodo de reflexión. Lo único que cabe entonces es reflexionar sobre cómo llegamos a este día, con aire más de drama que de fiesta electoral.

Una guerra atraviesa el mundo y se intensifica por olas. En apenas un año, el Covid puede haberse llevado a más de 120,000 peruanos. Y digo puede porque ni siquiera en las cifras hay certeza. En todo caso, eso es el doble de lo que mató la presencia del terrorismo en el Perú en 20 años. ¿Cómo podría ser esta tragedia irrelevante en un día de elecciones? La afectación a nuestras vidas cotidianas es total. Trabajo, estudio, economía, salud, relaciones familiares y sociales. No hay ámbito, de los que importan más, que no haya sido trastocado por la peste. Millones de peruanos que no han podido ni siquiera despedir apropiadamente a sus muertos, ni cumplir con los ritos mínimos de despedida, van a ir a votar hoy. Y ninguno de los 18 candidatos presidenciales y 19 partidos políticos que postulan al congreso los ha convencido masivamente de que un futuro mejor llegará pronto.

Esta es la elección que convoca a los angustiados, a los ansiosos, a los deprimidos y a los insomnes. A los cansados y agotados en todas las líneas. A los hartos de luchar por una cama, por un balón de oxígeno, por un médico que no contradiga a otro médico. A los que postergaron sus vidas y las pusieron en pausa y no se graduaron, no se casaron, no se volvieron a abrazar y nunca más viajaron a ver a los suyos. A los que renunciaron de buena gana a la libertad de tránsito y al derecho de reunión, hoy sin esperanza de que tales renuncias bastaran para evitar tanta enfermedad y tanta muerte. A los que tuvieron que cerrar sus negocios, pequeños o grandes, y lo único que dejan a sus hijos son deudas. A los millones de desempleados, suspendidos al infinito, cerrados sin nuevo aviso. A los que tienen que organizarse hasta para comer hoy y, tal vez, mañana. A los padres de esos niños que suben un cerro para buscar una señal de internet que llega tarde, mal, y a veces, nunca. A los que probaron todas las curas milagrosas para, amargamente, ser los que acompañan, solitarios, las cenizas de sus muertos. Hoy va a votar esa chica sentada en un parque viendo, completamente sola, el entierro de su padre a través de la pantalla diminuta de su teléfono. ¿Qué puede querer hoy ella? ¿Qué pueden querer los deudos de este holocausto? Una sola cosa: orden.

En tiempos de guerra la sociedad se vuelve más conservadora. Es inevitable. Su futuro incierto demanda ser cambiado por el anhelo de un pasado que se recuerda con nostalgia. Las imperfecciones del pasado se borran de la memoria para alimentar la esperanza de volver. Así es como en tiempos de guerra la libertad se convierte en una condena. Estamos obligados a elegir, pero ¿qué mayor tentación que la de un líder que elija por nosotros? Una promesa de orden conservador ha recorrido los extremos de la derecha y de la izquierda en esta campaña. La libertad, base de la democracia, pierde el afecto de millones. No se entiende la popularidad del orden (atomizado entre varios candidatos) sin el contexto de la pandemia.

Los totalitarismos del siglo XX tuvieron como antecedente la guerra, la profunda crisis social y también, una gran peste. El siglo cambió, pero la historia enseña que los métodos son los mismos. La libertad sacrificada en el altar del orden conduce, inevitablemente, a un holocausto mayor del que cuesta salir. El triunfo de los extremos minoritarios es un golpe duro para la democracia, del que puede ser tan difícil levantar cabeza como salir de la peste que nos arrebató tanto.

Vamos a votar tristes, pero vamos. Es en esta hora incierta cuando más debemos apostar por ser libres y serlo siempre. Eso, hoy, es lo que está en juego, aunque no se quiera notar.

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