Mirko Lauer

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Hartos

Lo que hay más bien es desconfianza, que no es lo mismo que un hartazgo genérico.

¿Están los peruanos hartos de sus políticos? Esa es la explicación que da Reuters a nuestra extraña conducta como electorado. No es la primera vez que se escucha esa idea, hoy popular en el extranjero. En realidad no tiene mucha fuerza explicativa, pero sí algún argumento a su favor. Por ejemplo que nos resistimos a decidir, y que nos gusta votar por rostros nuevos, o casi.

Las encuestas, y no solo las electorales, hablan de ese hartazgo frente a políticos y funcionarios. Nunca hay mucha aprobación para repartir, y las condenas son severas. Gran parte de las culpas nacionales son atribuidas al gobierno central, y los perfiles de un político ideal son casi irrealizables en los hechos.

Un argumento fuerte para el hartazgo está en los escándalos de alto nivel protagonizados por políticos en estos años, otro es el trágico manejo del Estado en la pandemia. Ambas cosas con el telón de fondo, una endémica carestía de buenos servicios públicos. Los candidatos siguen prometiendo acceso a agua potable y electricidad.

Pero el hartazgo no puede explicarlo todo. La fragmentación del voto o el veloz desplazamiento de la popularidad parecen deberse a otras cosas, no necesariamente sentimientos. Por ejemplo a la existencia de un mapa electoral sui generis que así se adapta a un sistema electoral sin partidos estables, en el cual se busca y no se encuentra.

Lo que hay más bien es desconfianza, que no es lo mismo que un hartazgo genérico. Las últimas campañas peruanas tienden a ser aproximaciones y tomas de distancia frente a sucesivos candidatos, en lo que parece ser un fuerte temor a no equivocarse. Son, en última instancia, votos meditados, pero sin muchos elementos para la reflexión.

En el ya célebre planteamiento de Alberto Vergara, estos votantes inestables a la postre no se equivocan. Algo sucede por el camino que termina imponiendo una voluntad colectiva racional. Aunque racional no quiere decir que no pueda ser decepcionada. Más que hartazgo se trataría de un camino empedrado de nuevas esperanzas.

En cualquier caso, los observadores de fuera no terminan de entender nuestras elecciones. No es que aquí las entendamos más, pero por lo menos no les buscamos una explicación única. Nos contentamos con constatar el triunfo de un despelote.