Raúl Tola

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El voto del miedo

“Por si este escenario de descomposición institucional fuera insuficiente, hemos pasado el último año soportando el rastro de incertidumbre, encierro, enfermedad, muerte y ruina económica”.

La campaña electoral llega a su punto decisivo en el momento de mayor incertidumbre. Marcada por la pandemia, la crisis terminal de nuestro sistema político y la polarización extrema, hemos vivido unas semanas breves pero intensas, una verdadera montaña rusa de postulaciones que aparecían, levantaban ligeramente el vuelo y comenzaban a extinguirse.

A los peruanos nos costó muchos sacrificios recuperar la democracia en el año 2000. El entusiasmo que en ese entonces despertó la caída del régimen de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos ha ido menguando lentamente con el paso de los años y los sucesivos gobiernos. Luego de revelarse que todos los presidentes de este tiempo estuvieron vinculados con la corrupción del caso Lava Jato y habiendo atestiguado el salvaje espectáculo del último quinquenio, de una lucha sin cuartel entre el Ejecutivo y el Legislativo, que se saldó con la caída de tres presidentes y el cierre del Congreso, el desánimo parece haberse convertido en hartazgo.

La campaña tuvo que realizarse en este clima político enrarecido, con un presidente sin apoyos y nombrado por descarte. Lamentablemente, el liderazgo llamado a encabezar una transformación nacional que no repitiera los tropiezos y fracasos, aprendiera de los graves errores cometidos y empezara a enmendarlos, nunca apareció. Al contrario, confirmando los peores presagios, los candidatos presidenciales se mostraron torpes, mediocres, improvisados e incapaces de entusiasmar, cuando no autoritarios, asociados a mafias, emparentados con la corrupción y contrarios a los derechos individuales.

Por si este escenario de descomposición institucional fuera insuficiente, hemos pasado el último año soportando el rastro de incertidumbre, encierro, enfermedad, muerte y ruina económica dejado por el covid (cuyo pico máximo golpea al Perú en estos días), que puso de manifiesto la incapacidad de nuestro Estado y la extrema chatura moral de nuestra clase política.

Es difícil pedir calma en una coyuntura que conjunta semejantes componentes y, lo que es peor, permite avizorar un futuro que, salvo algún imprevisto, aparece más adverso, con un presidente débil y enfrentado a un Congreso fragmentado y voraz. Algo que puede ser incluso peor si, en este caprichoso juego de azar en que parece haber quedado reducida esta primera vuelta, salen elegidos Rafael López Aliaga y Pedro Castillo, las dos opciones más radicales, polarizantes y peligrosas de esta campaña, que podrían llevar al país a unos niveles de confrontación de consecuencias absolutamente imprevisibles.

Parece mentira que, luego de todo lo vivido, el Perú vuelva a asomarse de esta manera al vacío.

Sigue estando en nuestras manos que no sea así.