Diego García Sayán

Diego García Sayán

Atando cabos
Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Actualmente es Relator Especial de la ONU sobre Independencia de Jueces y Abogados. Autor de varios libros sobre asuntos jurídicos y relaciones internacionales.

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Retos presentes, enfoques vetustos

“Lo que sorprende es que recientes dinámicas electorales en otros países de la región no parecen repetirse en el Perú. Esencialmente en torno a la polarización”.

Pese al aluvional número de candidaturas presidenciales y de más de 2,000 candidaturas congresales, no tiene precedentes el alto número de personas que no han definido su voto estando tan cerca la votación. La oferta parece ser insuficiente frente a la demanda.

Influye en este desinterés de la gente la profundidad y extensión de los dramas por los que pasa la mayoría de familias peruanas: personas enfermas o fallecidas, desempleo, colapso en los ingresos, incertidumbre. La gente “está en otra”; y no tiene la culpa. La cuestión de fondo es la brecha colosal entre esa realidad y la mayoría de ofertas electorales. Esto pone sobre el tapete dos cuestiones fundamentales.

Primero, las ideologías. Hay una tremenda dificultad para poder definir ideológicamente a la mayoría de las candidaturas, aunque un enfoque autoritario y xenófobo −y hasta fascistoide− lamentablemente salpica a muchas.

Lo que sorprende es que recientes dinámicas electorales en otros países de la región no parecen repetirse en el Perú. Ellas son esencialmente en torno a la polarización izquierda/derecha con un énfasis hacia una votación “de izquierda”. Así viene siendo en elecciones recientes (Argentina, México), en desarrollo paralelo (Ecuador) o en dos por venir (Brasil y Colombia).

No es que en el Perú no existan propuestas/candidaturas de izquierda o sean irrelevantes. La respetable posición de Verónika Mendoza y su destacado papel en los debates y la candidatura expectante de Pedro Castillo son, por cierto, parte no desdeñable del escenario. Pero impresiona el abrumador número de candidaturas de derecha y ciertos extremismos reaccionarios que no se habían visto, creo, desde la oprobiosa “candidatura” única de Odría en la que encarceló a su contendor Ernesto Montagne.

Por ejemplo, el furibundo discurso fascistoide, racista, xenófobo y contrario a los derechos de la mujer del candidato de porcina figura que, si bien está en caída libre, amenaza con la parodia local de cuestionar, “al estilo Trump”, los resultados del domingo. Pero, radicalismos patológicos aparte, la xenofobia, en mayor o menor medida, es bandera de muchos otros.

De Soto, por ejemplo, llegó a decir en uno de los debates de la semana pasada que no dejaría entrar por la frontera “ni a delincuentes ni a pobres” de otros países; advertencia inaceptable en onusianos foros ginebrinos o neoyorquinos. Nunca se disculpó ni corrigió. O, más recientemente, que el mercado se encargará de traernos las vacunas (cosa que no ocurre en ningún país).

Segundo, la desconexión de la mayoría de propuestas con las extraordinarias exigencias que plantea una de las crisis globales más graves de las últimas décadas. El rosario de propuestas en su gran mayoría no tiene nada que ver con esto, repitiéndose slogans para otros contextos. Mientras, en el mundo se afirman respuestas conceptuales creativas ajustadas a esta situación mundial de emergencia que son ignoradas por la mayoría de candidaturas locales apertrechadas en corazas ideológicas desfasadas.

La CEPAL y el FMI, por ejemplo, están llamando a un papel más activo y protagónico de los Estados, por su irreemplazable papel ante la pandemia y sus efectos: peso en la inversión pública, salud, educación, impuestos a los ricos, bonos para los pobres, etc. Nada que ver, pues, con una fosilizada ortodoxia neoliberal de prescindencia de lo público. Con la excepción de Verónika Mendoza y Julio Guzmán, y en alguna medida de Yonhy Lescano, este es un “no tema” para el resto de candidaturas que prefieren no enterarse de que el énfasis en lo público es el eje de instituciones como el FMI o CEPAL.

Por cierto que con esto no se dice todo. Dadas las serias carencias y graves limitaciones de nuestro Estado peruano, marcado por muchas ineficiencias, es lamentable −más allá de generalidades− la ausencia de propuestas concretas en la campaña para hacer más eficiente al Estado peruano. Arrinconarlo o desaparecerlo es irresponsable. Tiene hoy −en el Perú, en los programas de Biden y en todos lados− un papel ineludible e insustituible. Cómo hacer que funcione mejor es algo que debiera ser parte central de nuestra discusión.