Ángel Páez

Ángel Páez

La Tribu

Odiadores de la prensa

“Para desgracia de Nixon y su sicario Liddy, periodistas como Jack Anderson los implicaron en el caso de espionaje Watergate, que al primero le costó la presidencia y el segundo pagó con la cárcel’'.

Gordon Liddy, uno de los cerebros del grupo de espías a sueldo del presidente republicano Richard Nixon, que incursionó en las oficinas del partido demócrata en el edificio Watergate, murió el 31 de marzo, a los 90 años.

Liddy era un fanático ultraderechista que consideraba a la prensa como el peor enemigo de todos, convencimiento que compartía con Nixon. De todos los implicados en el caso Watergate, fue uno de los que más tiempo pasó en prisión −4 años y 4 meses− porque se negó a delatar a sus cómplices y al jefe de Estado.

En una muestra de su intransigente lealtad, cuando abandonó la cárcel, manifestó a los reporteros que lo esperaban que no se arrepentía de lo que había hecho −diseñar el operativo en Watergate para plantar micrófonos y fotografiar documentos para usarlos contra los oponentes del presidente− y que lo volvería a hacer sin duda ni murmuraciones: ¡Fiat voluntas tua! (¡Hágase su voluntad!), le dijo a los periodistas. Incluso si su superior le encargaba matar a un hombre de la prensa, lo haría.

Militar retirado, exagente del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas inglés), Liddy reconoció que en algún momento durante el gobierno de Nixon estuvo previsto el asesinato de uno de los más importantes y legendarios reporteros de investigación, Jack Anderson, y que los hombres del presidente le dieron la siniestra comisión. Anderson había destapado una serie de actos de corrupción, trampas y mentiras de Richard Nixon.

En sus memorias, otros exasesores de Nixon, como John Dean (Ciega Ambición, 1976), H. R. Haldeman (La agonía del poder, 1976) y Charles W. Colson (Nací de nuevo, 1977), confirmaron que Nixon estaba obsesionado con desaparecer a Anderson de un modo u otro. Pero fue Gordon Liddy quien reconoció en su autobiografía (La voluntad, 1980) que Nixon estuvo dispuesto a acabar con la vida del periodista.

’'No veo ninguna distinción entre matar a un soldado enemigo en tiempo de guerra declarada y matar a un agente de espionaje enemigo en una ‘guerra fría’, o incluso eliminar a ciertos ciudadanos estadounidenses. (...) Es la misma razón por la que estuve dispuesto a obedecer y matar a Jack Anderson. Y lo habría hecho solo después de haberme convencido de que era una orden de una autoridad legítima (el presidente Nixon o sus asesores); (...) o una respuesta racional al problema. (...) Yo tenía la respuesta, les dije: ‘Si es necesario, lo haré’”.

Para desgracia de Nixon y su sicario Liddy, periodistas como Jack Anderson revelarían la implicación de ambos en el operativo de espionaje en Watergate, perpetrado el 17 de junio de 1972, lo que forzó al primero a renunciar a la presidencia y al segundo a recibir una sentencia de cárcel. Así terminan los odiadores de la prensa.