Mirko Lauer

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Una defensa

“En la campaña nadie ha querido reconocer méritos, ni siquiera algunos menores o de forma, en este gobierno. Tal vez por su origen en el Partido Morado”.

Es notable la facilidad con que muchos candidatos se han dedicado a denostar al actual gobierno. Sin duda es una práctica indispensable para toda candidatura que no sea abiertamente oficialista. Pero la situación de los actuales gobernantes es, por decir lo menos, especial, y quizás merecía ser vista desde otra perspectiva en los debates de estos días.

El de Francisco Sagasti y sus ministros es un Ejecutivo de emergencia, y todos sabemos cómo llegó allí. Más que los de un ejercicio del poder, sus márgenes de acción son los de un servicio público. Recibió el encargo cuando ya buena parte del daño en la política frente a la pandemia estaba hecho. Antes que un plan de gobierno le ha tocado un plan de salvataje.

Sagasti ha venido siendo un presidente muy consciente del carácter limitado de su mandato, y eso basta para hacerlo excepcional. A los presidentes transitorios se les suele pedir poco, por obvias razones, pero las urgencias de esta hora son muchísimas, y parte de la tarea de Sagasti es aguantar las críticas a pie firme, con la mirada puesta en la puerta de salida.

Cabe reprocharle la lentitud en la llegada de las vacunas y el mal manejo de su aplicación. Pero en generales ese problema lo antecede, igual que el de la infraestructura sanitaria del país. En lo concreto este es el gobierno que empezó a traer las vacunas, y ahora está atascado en el proceso. Los candidatos están ofreciendo más, más rápido. Habrá que ver al ganador cumpliendo sus promesas cuando llegue ese momento.

En la campaña nadie ha querido reconocer méritos, ni siquiera algunos menores o de forma, en este gobierno. Tal vez por su origen en el Partido Morado, o por el cúmulo de las demandas populares frente a él. Hay candidatos que incluso lo han asociado con el gobierno de Martín Vizcarra, e incluso algunos anteriores, un recurso político más bien dudoso.

Es cierto que la aprobación de Sagasti es baja. Pero ese 20% supera largamente las simpatías del candidato que lleva la delantera. En circunstancias normales eso debería hacer pensar dos veces antes de lanzarse a atacar. Sobre todo para políticos que pugnan por reemplazarlo en un contexto igual o peor que el actual.