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Una dosis de realismo

Como están las cosas, todos estamos en la obligación de apostar porque al próximo gobierno le vaya bien, sino lo pagaremos todos. Lógica simple.

Luis Pariona Arana (*)

Cualesquiera sean los dos candidatos presidenciales que el 11 de abril pasen a la segunda vuelta electoral, o el que resulte electo el 6 de junio, a estas alturas de la feria de ofrecimientos y promesas que también esta vez es la campaña electoral, los votantes ya debemos caer en cuenta de que con el nuevo gobierno que se instale a partir del 28 de julio, incluso así hagamos la improbable mejor elección, no se resolverán inmediatamente la crisis sanitaria y económica y los numerosos problemas y demandas sociales que nos desbordan a raíz del coronavirus y de las fragilidades y males intrínsecos acumulados de nuestra sociedad.

Una dosis de realismo y ponderar expectativas nos librará de la frustración que provocan ser nuevamente defraudados y posibilitará mantener intactas y bien encaminadas nuestras legítimas esperanzas de cambio, aun en los difíciles tiempos de la pandemia.

Porque salvo las emergencias más críticas debido al Covid-19, los delicados problemas que nos agobian a todo nivel no se resuelven por decreto o con promesas como las que están haciendo los candidatos cada vez con más extravagancia e irresponsabilidad conforme se acerca el día de los comicios, estas requieren mucho más que el compromiso y la decisión política de los futuros gobernantes.

Llevamos décadas recibiendo promesas similares en cada proceso electoral y las condiciones económicas y sociales en el Perú han mejorado muy poco y en muchos aspectos se han agudizado aun más.

Es que estos, por su carácter y dependiendo de cada caso, implican reformas, movilización social y procesos de muchas más variables y tiempos mayores para los cuales, debiera darse por descontado que los aspirantes a gobernantes tienen cabal y profundo conocimiento del país y su problemática, equipo humano calificado y capacidad orgánica que les posibilite concretar alianzas políticas y gestionar consensos con los otros poderes del Estado, conseguir el involucramiento de todas las partes interesadas, estar presente en los ámbitos donde se produce la interacción de los intereses contrarios a su solución; procurar los recursos económicos y/o capacidad para promover y conseguir la inversión necesaria; entre muchos otros aspectos relacionados.

Aspectos y aptitudes que las agrupaciones en contienda han mostrado no tener, al menos no hasta ahora. No es un asunto de mezquindad o enfermiza inclinación pesimista, todo lo contrario. Pues, como están las cosas, todos estamos en la obligación de apostar porque al próximo gobierno le vaya bien, sino lo pagaremos todos. Lógica simple.

Por supuesto que no todo está mal, hay buen número de buenos candidatos, jóvenes y con renovadas ideas y prácticas, activa y comprometida opinión responsable, vigilancia ciudadana en crecimiento, muchas razones para alegrarse y mantener vivas nuestras esperanzas por un mejor porvenir. No obstante, insuficientes aún para despejar nuestra preocupación e incertidumbre frente a los implacables efectos de la pandemia que se anuncian todavía peores, al conjunto de males que cargamos y nos corroen desde hace tiempo, incluso a las amenazas que constituyen algunas de las opciones electorales que, paradójicamente, hoy se anuncian salvadoras.

Por ahora nos bastaría saber y tener confianza en que al nuevo gobierno le irá bien, que al menos podrá atender las urgencias más críticas de la pandemia, acelerar la vacunación de la población, garantizar el abastecimiento de oxígeno, atender las emergencias de los que requieran hospitalización. Enfrentar la pandemia es tarea fundamental de la nación. Cualquiera sea el ganador tiene que asumirlo y liderar, todos sin excepción debemos apoyar.

(*) Luis Pariona Arana, es comunicador y consultor en temas de gestión social.