Pilar Ortiz de Zevallos

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1821, un nuevo gobierno

“San Martín, como muchos americanos de su época, había vivido la crisis de la monarquía absolutista española ante la invasión napoleónica en 1808″.

La independencia afianzó las ideas liberales en Hispanoamérica. Estas aparecieron en nuestros territorios en torno a la Constitución de Cádiz (1812). La nación soberana debía proteger los derechos de libertad, igualdad y propiedad de sus ciudadanos. Los Estados liberales, como Estados Unidos, constituían la novedad en términos de propuesta política a inicios del siglo XIX y formaban parte del comienzo de una nueva cultura política.

En Perú, los triunfos del Ejército de los Andes en Argentina y Chile, sumado a la crisis económica que se atravesaba, habían debilitado la credibilidad de las ideas absolutistas y la fidelidad a la corona española. Lo cual terminó de preparar el terreno para la asunción de las nuevas ideas políticas.

San Martín, como muchos americanos de su época, había vivido la crisis de la monarquía absolutista española ante la invasión napoleónica en 1808, y compartía las ideas matrices del liberalismo hispánico. Pensaba que la independencia nos traería el progreso y la ilustración. Así mismo, nos advertía sobre el estancamiento que significaría quedarnos gobernados por los monarcas españoles. El Libertador escribió “… al contemplar la triste perspectiva que ofrecían en su comercio, en su industria, su agricultura y lo que es más doloroso en la educación y moral de unos pueblos…”.

Sin embargo, durante su gobierno, San Martín gobernó desde un reformismo de tendencia liberal. No fue un gobierno liberal. Libertario en muchos preceptos políticos, económicos y sociales. Defensor del libre comercio y de la libertad de prensa. Sus ideas más liberales se dieron en el campo social. Entre agosto y diciembre de 1821 promulgó 154 decretos que iban desde la administración de justicia hasta la creación de la Biblioteca Nacional.

El proyecto sanmartiniano no pretendió el cambio de la estructura social en el Perú. Su cuidado estuvo en evitar el desorden y la anarquía, sabedor que los españoles no habían sido derrotados y consciente de gobernar solo una parte del Perú. Realismo y responsabilidad fueron sus grandes méritos.