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Luis Bambarén S. J.

“Su última aparición pública se realizó, creo, hace dos años, cuando le entregó al actual arzobispo de Lima, Carlos Castillo, el báculo episcopal que Bambarén, a su vez, había recibido de Landázuri...”.

Monseñor Luis Bambarén se convirtió en figura pública en 1971, a raíz de su detención por obra del entonces ministro del Interior, general Armando Artola Azcárate (“Mamita, qué miedo”, le decía la revista Caretas). Bambarén había celebrado una misa y apoyado a los pobladores de lo que hoy es el pujante distrito de Villa El Salvador. Y Artola creía que el Perú seguía siendo el mismo de siempre. El obispo fue liberado de prisión por el entonces presidente Juan Velasco Alvarado. El general fue destituido.

Bambarén era obispo auxiliar de Lima, nombrado por el inolvidable cardenal Juan Landázuri Ricketts. Era el “obispo de los pueblos jóvenes”. El salvadoreño Monseñor Oscar Romero, hoy santificado, diría en 1979: “Una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra, -¡tenga cuidado!- no es la verdadera Iglesia de Jesucristo.”

Antes y después de la prisión, Bambarén fue siempre “el obispo de los pobres”. Yo lo conocí en 1955, cuando cursaba el quinto de primaria y él, ya jesuita, pero todavía no ordenado sacerdote, nos llevaba de “gira misional” a conocer el Perú profundo. Fuimos a Chanchamayo y al Callejón de Huaylas. Estuvimos en su casa familiar en Yungay, que sería sepultada en 1970 por el terremoto y fatal huayco del Huascarán. El propósito de aquellas giras misionales era ponernos en contacto con el Perú profundo y llevar funciones de cine a los niños de lugares en que escaseaban las salas cinematográficas.

En 1978 fue nombrado obispo de Chimbote y recibió los embates de Sendero Luminoso, que asesinó a tres sacerdotes de su diócesis: los polacos Miguel Tomaszeck y Zbigniew Strzalkowski y el italiano Alejandro Dordi. Dirigió la Comisión Episcopal de Acción Social y fue presidente de la Conferencia Episcopal Peruana. Convenció a Alejandro Toledo de que tenía que reconocer a su hija Zaraí: sin duda, no fue fácil. Estuvo, desde el comienzo, en el Comité Consultivo del Acuerdo Nacional.

Como era de esperar, fue acusado de comunista por clérigos conservadores del Opus Dei y el Sodalicio. Contra él se inventaron multitud de patrañas. Por ejemplo, que llevaba una hoz y un martillo en su anillo episcopal.

Su última aparición pública se realizó, creo, hace dos años, cuando le entregó al actual arzobispo de Lima, Carlos Castillo, el báculo episcopal que Bambarén, a su vez, había recibido de Landázuri: señal de continuidad de una misma misión episcopal, a pesar de algún bache lamentable en el medio.

Su familia y la Compañía de Jesús deben estar muy orgullosas del aporte de monseñor Bambarén a la construcción de una Iglesia con opción preferencial por los pobres. Al margen del fatuo oropel de algún otro jerarca eclesiástico que optó por el desprecio a los seres humanos y a sus derechos (“los derechos humanos son una cojudez”).

Duro tiempo este. No termino de escribir esta nota y me entero de otra triste partida: la de Manuel “Lete” Dammert, amigo de más de medio siglo; consecuente, honrado y abnegado como pocos.

OTROSIDIGO: es muy valiosa la propuesta de Alberto Vergara para acordar un pacto de “No vacar, no disolver”. Ojalá fuera posible. Por lo pronto, los candidatos de uno y otro polo deberían disminuir las pullas y agresiones recíprocas entre ellos. Se van a necesitar mutuamente en la segunda vuelta. Y los electores debemos tener perspicacia para distinguir entre quienes proponen un cambio de a de veras y quienes solo practican el gatopardismo de Lampedusa: “Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Estos últimos abundan. Felizmente, no es tan difícil notarlo.