Rosa Palacios

Rosa María Palacios

Contracandela
Lima, 1963. Abogada por la PUCP y Máster en Jurisprudencia Comparada por la Universidad de Texas en Austin. Su área de especialización es el periodismo político y divulgación jurídica con más de veinte años de experiencia en televisión, radio y prensa escrita. Es docente de la PUCP en la facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

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Todo por un sueño

“¿Por qué entonces se prestan a eso? Porque los candidatos invisibles no ganan. Solo los punteros pueden jugar, por poco tiempo, al muertito”.

¿Qué estaría dispuesto a hacer un candidato por llegar a la presidencia de la república? Todo, parece ser la respuesta más común. Financiamiento ilegal, pactos secretos, campañas encubiertas de difamación, amistades peligrosas, compra de votos, lo que sea “necesario”. Pero, dentro de ese extenso manto de “todo vale”, hacer el ridículo parecería ser la fórmula favorita de los expertos contratados para la campaña. Dejemos conductas criminales por un momento y enfoquemos el ojo en esta simple pregunta: ¿por qué los candidatos presidenciales aceptan ser humillados en público?

Un candidato presidencial tiene que aceptar, muchas veces a regañadientes, que la esfera de lo que es privado o íntimo se reduce a su mínima expresión en campaña, como sucederá, con el mismo rigor, si llega a ser elegido. El interés público (algunos discutirán cuánto de morbo hay) demanda conocer el carácter del candidato y este se revela, guste o no, en la esfera familiar y privada.

Los estrategas de campaña intentan utilizar esta invasión mediática a su favor y prefieren los programas de espectáculo a los de prensa política. Finalmente, ¿qué más humano que un candidato que baila, canta, juega en concursos, come y cocina, le da besitos a su esposa, abraza a sus hijos y a los hijos ajenos? ¿No hay un gesto de humildad, de cercanía, de querencia en estos espontáneos papelones? Así, si nos podemos reír de ella o de él unos minutos, ¿tal vez lo podemos aguantar 5 años?

Sin embargo, así como ninguna familia puede sobrevivir al ojo chismoso de un barrio de lenguas afiladas, ninguna familia presidencial o que pretende serlo, puede sobrevivir intacta al escrutinio público de las últimas semanas de campaña.

Es duro, porque nadie tiene la familia perfecta, pero todos los votantes quisieran ver una en palacio de gobierno. La hija negada de Alejandro Toledo, la virginidad de Lourdes Flores, la pareja casual de Castañeda Lossio, los padres y hermanos de Ollanta Humala van a aparecer en el debate.

Impertinente o irrelevante, van a estar ahí. Sobreviven los que tienen el problema resuelto, en su cabeza, antes de salir al aire. Alan García fue un maestro en ese arte. Si el problema familiar es un punto ciego, no resuelto, el candidato muere humillado en público.

Es muy fácil poner al aspirante en una situación en la cual todas las respuestas a la mano son pésimas. Una situación de perder/perder es una pesadilla para un entrevistado y una delicia para el entrevistador y el público.

Los peores casos de esta campaña son Guzmán y Keiko. Es verdad que López Aliaga hace campaña con muñecos de dibujos animados y Hernando de Soto hace campaña con Chibolín, pero aun cuando resulten ridículos, lo letal no está ahí.

Por el contrario, Guzmán demoró meses en responder, con un poquito de carácter, por una infidelidad. Frivolizar el hecho, en una entrevista con Daniel Olivares que a su vez se “humanizaba” contando que era un fumador social de marihuana, fue un desastre. Ahí, lo grave fue que planificaron el disparate.

Lo de Keiko Fujimori sucedió el viernes pasado en vivo en el programa “Amor y Fuego”. Un territorio que parecía ligero y divertido de pronto se tornó en un infierno como el de Guzmán. ¿Por qué? Porque no es el lenguaje televisivo en el que se desempeña mejor la candidata (ella es formal; informalizarla se ve falso y forzado) y porque hay temas familiares que son tabú para los Fujimori. Jamás hablan en público de problemas de salud mental. Ese es su punto ciego.

Hay familias que comparten sus diagnósticos y sus especialistas. Hay otras en las que reconocer una ligera depresión es “para débiles” como alguna vez dijo la propia Keiko. Sin saberlo o sabiéndolo, Rodrigo y Gigi entraron en un terreno sobre el que los niños Fujimori jamás tuvieron respuestas. Y de adultos no tuvieron el valor de preguntar. Ninguna respuesta es correcta si primero no se aventuran a conocer la verdad. ¿El resultado? El estigma de la mala hija apareció, entre carreritas y bailes.

¿Por qué entonces se prestan a eso? Porque los candidatos invisibles no ganan. Solo los punteros pueden jugar, por poco tiempo, al muertito. Pero sin punteros definidos, el coro presidencial canta frente a una cámara: “mírame, por favor, yo te lo pido”. Mientras que la música sea pegajosa y los colores de la escenografía sean brillantes, cantarán a gritos, hasta que el programa se vaya al corte.

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