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En el corazón del pueblo

Monseñor Luis Bambarén jamás abandonó su apostolado por los más pobres.

Nos acongojó saber de su enfermedad. El virus lo había alcanzado pero esperábamos que se recuperara. Cuando hoy se anunció su muerte, todos quienes tuvimos el privilegio de conocerlo o trabajar en algún proyecto con él, hemos lamentado hondamente su pérdida. Ha fallecido un hombre bueno, noble, dotado de una enorme sensibilidad social y una gran empatía con los pobres. Ha muerto uno de los grandes jesuitas del siglo XX.

Hay quienes lo recordamos con las mangas arremangadas, cargando barro en Yungay, para recuperar cadáveres después del terremoto y deslizamiento de tierra que desapareció la ciudad. Era el lugar donde había nacido.

Otros supimos de él cuando acompañó un mar humano que buscaba un lugar donde asentar su vivienda en medio del arenal. Era el naciente Villa El Salvador. Luego de la batalla campal en Pamplona, en tiempos del gobierno del general Velasco, el 4 de mayo de 1971, con un saldo de muertos, contusos y detenidos; el obispo auxiliar de Lima, monseñor Bambarén, interviene para detener el desalojo y luego realiza una misa dominical en pleno escenario de la trifulca policial. Su homilía recordó el amor de Cristo por los desposeídos y no por los represores. Esa misa fue seguida por miles de ciudadanos que se habían dado cita a la zona a escuchar el aliento y la voz de la Iglesia, en medio de la violencia policial del velasquismo.

El general Artola, ministro del Interior de Velasco, consideró que la homilía era una afrenta personal y mandó detener al monseñor de los pobres, quien después de 12 horas preso fue conducido al juez.

Bambarén se mantuvo estrechamente vinculado con la enorme población que nació en el corazón del arenal y que con el paso de los años se ha convertido en la pujante Villa El Salvador. A lo largo de las décadas siguientes, el monseñor de los pobres continuó su trabajo pastoral, con cargos importantes en la jerarquía católica y algunas representaciones políticas que lo vinculaban a los programas sociales y en defensa de los más necesitados. En Chimbote, ciudad norteña de la que fue obispo por 27 años, enfrentó atentados senderistas, acusaciones y mantuvo firme su postura y su amor por los más pobres, hasta que la terrible pandemia lo alcanzó en pleno ejercicio de sus actividades pastorales. ¡Descanso y paz eterna, querido monseñor!